El aroma de ella me relaja. Sus caricias y su voz me traen calma desde antes de habitar este mundo.
El amor tiene su cara, aunque en ésta vea sangre y lágrimas. Su sonrisa de ojos tristes me marea.
El aroma de él es agrio y fermentado, su voz ronca nos aterra, nunca habla, pero siempre grita. Su existencia misma es áspera y se refleja en su cuerpo.
Ella se tensa cuando él está cerca de mí y yo lloro en sus brazos, espejo del miedo, él ordena silencio cada vez. Yo nunca le obedezco, hasta que ella me arrulla contra su pecho y acepto. Gotas saladas pruebo.
El sol y la luna se persiguen como siempre, al igual que la ira y la indiferencia de él.
Hace y deshace a su antojo, estoy harto y empiezo a llorar en mi cuna cada vez que se acerca.
Él me quiere silenciar con brusquedad y ella se interpone sin dudar.
Una presa en su fino cuello, un siseo, luego una palma en mi cara, él solo jadea.
Ella y yo pasamos del color del atardecer al de la luna llena.
Los tres estamos en silencio y en calma, pero él es el único capaz de gritar de nuevo.


