Siempre fui un tipo de madera. Literalmente. Me gustaba el olor al aserrín, la veta del pino, esa nobleza de las cosas que no te mienten. Si cortás mal, el estante queda torcido y la culpa es tuya, no del viento.

Con la madera uno sabe a qué atenerse.

Con la gente, en cambio, la cosa venía complicada.

El mundo se había puesto espeso. ¿Viste cuando el barrio se echa a perder y ya no podés dejar la bicicleta afuera? Bueno, pero a nivel planetario. La gente andaba con una rabia sorda, de la que no busca solucionar nada sino romper lo que encuentra.

Yo me guardaba en el taller, lijaba un rato, escuchaba el rezongo del viento de fondo y trataba de no mirar mucho para afuera.

Hasta que una tarde, el aire se puso pesado de golpe. No como cuando va a llover, sino como cuando se te viene encima una sombra grande.

Y escuché la voz.

No fue un trueno, ni una música de las que te hacen arrodillar. Fue una voz tranquila, pero con esa firmeza del que ya tomó una decisión y solo te está avisando los detalles del flete.

—Noé —me dijo—. Hay que limpiar esto. Está todo muy sucio.

Miré el piso del taller lleno de viruta y pensé que sí, que tenía que pasar la escoba. Pero la voz no hablaba de mi taller.

—Vas a hacer un barco —siguió—. De madera de gofer. Grande. Tres pisos. Con compartimentos.

Me quedé con el formón en la mano. Vivíamos lejos del agua más cercana. El único charco respetable de la zona era un arroyo que en verano cruzabas de un salto sin mojarte las alpargatas.

—¿Un barco, Señor? —pregunté, tratando de sonar respetuoso pero con la prudencia del que le está buscando la vuelta a un malentendido—. ¿Acá?

—Acá. Porque voy a mandar agua. Mucha. Tanta que no va a quedar nada de lo que ves.

La voz hizo un silencio corto. Pensé que ya estaba, que el trabajo era hacer un barco y esperar.

Pero faltaba la parte más difícil.

—No vas a entrar solo, Noé.

—¿Quién más, Señor?

—Tu familia. Y de cada especie que respira, una pareja. Macho y hembra. Que la vida vuelva a empezar cuando el agua se retire.

Me quedé inmóvil.

Conseguir tanta madera era complicado. Conseguir leones ya entraba en otra categoría de problemas.

—Perdón que pregunte… ¿y cómo piensa que voy a convencer a un rinoceronte para que suba por una rampa? Porque yo apenas puedo hacer entrar a un burro en el corral cuando se pone caprichoso.

No hubo respuesta.

Dios tiene una confianza conmovedora en que uno va a resolver los detalles.

Me apoyé contra un tronco recién cortado y empecé a hacer cuentas.

Dos vacas.

Dos caballos.

Dos ovejas.

Dos lobos.

Dos serpientes, cosa que todavía hoy me parece una decisión discutible.

Y después seguían los bichos chicos. Los que nadie invita pero aparecen igual. Mosquitos. Moscas. Pulgas. Garrapatas. Ahí fue cuando sospeché que el pecado del mundo era grave, pero el sentido del humor del Creador seguía intacto.

Y se cortó la comunicación. Así, sin anestesia. Dios tiene esa costumbre de darte la peor noticia del mundo y dejarte solo con el presupuesto de los materiales.

La primera en mirarme raro fue mi mujer.

Cuando entré a casa y le dije que necesitábamos conseguir brea, mucha brea, y que iba a empezar a juntar troncos en el patio de atrás, me miró con esa cara de “este viejo se terminó de jubilar de la cabeza”.

—¿Para qué querés un barco, Noé? —me dijo, sin dejar de revolver la olla—. Si te querés ir a pescar, hacete una caña, no me llenes el patio de mugre.

—Va a llover —le dije, y la palabra me sonó ridícula en la boca. El cielo afuera estaba celeste, de un seco que te partía los labios.

—Siempre llueve, viejo. Comprate un paraguas.

Pero no era una lluvia de paraguas.

A los tres días, el patio ya era un aserradero. Mis hijos me ayudaban de mala gana, más por respeto que por fe. Los pibes de hoy no te creen nada si no lo ven en una pantalla, y ver a su viejo de seiscientos años midiendo tablas con una regla de caña les daba un poco de vergüenza ajena.

—Che, Noé —me gritó el vecino de enfrente una tarde, apoyado en el tapial con un termo bajo el brazo—. ¿Qué estás armando ahí? ¿Un gallinero de dos pisos?

—Un arca —le contesté, transpirado, con los ojos llenos de polvo de pino.

El tipo se largó a reír. Una risa floja, de esas que te dan cuando creés que el otro es un boludo.

—¿Un arca? ¿Y dónde la vas a navegar, en el patio? Mirá que si querés te presto la manguera para que flote.

Yo no dije nada. Seguí martillando. El golpe del martillo contra la madera es un buen analgésico para la burla. Pero por dentro, te juro, sentía una incomodidad chiquita. Esa sospecha de que capaz el vecino tenía razón, de que capaz yo era un viejo gagá que había escuchado el viento y lo había confundido con el Creador.

Porque construir un barco en el desierto te hace dudar de tu propia cordura cada cinco minutos.

Y lo peor no era la madera. Lo peor empezó cuando terminamos el techo y el aire empezó a oler a zoológico antes de que cayera la primera gota.

Los animales no llegaron con música de desfile. Llegaron despacio, con el paso cansado de quien presiente el cambio de tiempo en las coyunturas.

Aparecieron una mañana de tierra seca. Primero fueron los bichos chicos, los que andan cerca del suelo y que uno suele pisar sin querer. Hormigas, cascarudos, arañas de esas que se esconden detrás de los armarios. Entraron en fila, ordenados por una urgencia que no figuraba en ningún almanaque.

Después se arrimaron los más grandes.

No hubo rugidos ni peleas. Un par de zorros se echaron al lado de dos liebres en el segundo piso de madera, mirándose con una desconfianza mansa, como dos extraños que comparten la sala de espera de un hospital. El instinto de comerse los unos a los otros se les había apagado ante la inminencia de algo peor.

La logística era un dolor de cabeza. Mis hijos andaban con palas, cargando bosta y acomodando paja seca en los rincones. El olor a encierro y a orina de fiera se instaló en el ambiente, espeso, de los que se te pegan en la ropa y no te los sacás ni refregándote con jabón federal.

—¿Y a estos qué les damos de comer, padre? —me preguntó Cam, mirando a un par de monos que le tironeaban la manga de la camisa.

—Lo que haya —le contesté, sin mirarlo—. Maíz, pasto seco, lo que juntamos. Si tienen hambre, van a comer.

El cielo seguía limpio. Un sol rajante que agrietaba la tierra del patio.

Los vecinos venían a mirar el espectáculo. Se paraban a unos metros, señalaban a las jirafas que asomaban las cabezas por el techo del arca y hacían chistes sobre el precio de la carne. Para ellos, yo era un viejo loco que había armado un circo pobre en el fondo de la casa.

Yo no les contestaba. Tenía las manos llagadas de tanto clavar y el cuerpo me pedía cama desde hacía años.

La última tarde, el aire se quedó quieto. Totalmente quieto. No volaba una mosca. Los pájaros dejaron de cantar en las ramas de los algarrobos y se metieron en los nidos que les habíamos preparado adentro. Ese silencio me dolió en el pecho. Era el aviso.

Subimos los últimos escalones. Mi mujer, mis hijos, las nueras.

La puerta del arca era pesada, de tres pulgadas de roble. Nos costó moverla entre los cuatro hombres, pero cuando encajó en el marco, el ruido del cerrojo sonó definitivo. Un golpe seco.

El mundo de afuera se terminó en ese segundo.

Adentro quedamos a oscuras, iluminados apenas por unas lámparas de aceite que hacían bailar sombras largas en las vigas de madera.

La primera gota tardó en caer.

Sonó sobre el techo de madera como un piedrazo. Después otra. Y después un ruido sordo, continuo, un galope de miles de caballos corriendo sobre nosotros que no paró en toda la noche.

El arca crujió. Era un crujido largo, de madera que se acomoda a la fuerza, que se resiste a quebrarse. Sentimos el tirón en el estómago cuando el piso dejó de tocar la tierra.

Estábamos flotando.

Nadie habló esa noche. Nos sentamos en el suelo, cerca de los animales, escuchando el agua golpear contra las tablas y el llanto ahogado de alguna de las chicas en un rincón.

Estábamos vivos, sí. Pero flotando sobre un cementerio gigante.

La lluvia paró al cabo de cuarenta días, con sus noches, pero el agua no se fue a ningún lado.

El mundo se había convertido en un plato hondo lleno hasta el borde. Afuera no había nada que mirar, solo una llanura gris y líquida que se movía despacio bajo un cielo del mismo color.

Adentro, el tiempo se estancó.

Los primeros días uno mantiene cierta conducta. Te levantás, limpiás lo que podés, le das de comer a los bichos y tratás de simular que hay una rutina. Pero a la tercera semana, el encierro te va comiendo la voluntad.

La humedad se metió en todos lados. Las mantas estaban frías, el pan se llenó de un moho verde y peludo, y la ropa se nos pegaba al cuerpo como una segunda piel que olía a sebo y a bosta de camello.

La convivencia familiar tampoco era fácil.

Ocho personas encerradas en un cajón de madera flotante, sin poder salir a dar una vuelta para enfriar la cabeza, es una prueba más dura que el diluvio mismo. Mis hijos empezaron a discutir por pavadas. Que si uno trabajaba menos, que si el otro se quedaba con la mejor ración de comida, que si las nueras no se hablaban.

Yo me sentaba en un rincón, cerca del corral de las ovejas, y los miraba gritarse sin decir nada.

Pensaba que Dios había querido limpiar la Tierra de la maldad de los hombres, pero se había olvidado de que en el barco viajábamos nosotros. La mugre la llevábamos adentro, metida en el pecho, y esa no se lavaba con agua de lluvia.

—Esto no baja más, Noé —me dijo mi mujer una tarde, mientras intentaba secar unos trapos cerca de una lámpara de aceite—. Nos vamos a pudrir acá adentro con los bichos.

—Va a bajar —le contesté, aunque las maderas del arca ya empezaban a crujir de una manera que no me gustaba. La madera húmeda se cansa, como los hombres.

Para sacarme la duda, abrí una de las ventanas del tercer piso.

El aire de afuera entró frío, limpio, pero con el olor a nada que tiene el agua estancada. Agarré un cuervo que andaba dando vueltas por las vigas y lo solté por el agujero. El bicho planeó un par de veces, negro contra el gris del cielo, y se perdió en el horizonte.

No volvió.

Esperé una semana más. El silencio adentro del arca ya era pesado, tanto que ya nos mirábamos con desconfianza.

Esta vez agarré una paloma. La sostuve un momento entre las manos, sintiendo el latido rápido y asustado de su pecho, y la empujé hacia el aire.

Esa noche no dormí. Me quedé esperando cerca de la ventana, escuchando el ronquido de mis hijos y el resoplido cansado de los caballos en el piso de abajo.

Al amanecer, escuché un aleteo corto contra la madera mojada.

Asomé la cabeza. La paloma estaba ahí, sacudiéndose el agua de las plumas. En el pico traía una ramita verde, una hoja de olivo tierna, con olor a tierra mojada.

La agarré despacio, le saqué la hoja y me la guardé en el bolsillo de la túnica. No grité, ni llamé a los demás para festejar. Me senté en el suelo, apreté la madera del piso con las dos manos y sentí, por primera vez en muchos meses, que la tierra todavía estaba ahí abajo, esperando.

El arca encajó con un golpe seco que nos tiró a todos al suelo. No fue un choque violento, sino el rezongo de la madera que toca fondo después de haber andado a la deriva.

Habíamos encallado en la punta de una montaña.

Cuando abrimos la gran puerta de roble, el sol nos pegó en la cara con una fuerza que nos hizo doler los ojos. Hacía meses que no veíamos la luz de verdad, que calienta y no solo alumbra.

El olor que subía de la tierra era raro. Una mezcla de barro podrido, sal y vegetación nueva que empezaba a brotar entre el fango. Era el olor de un mundo que se había lavado a la fuerza, pero que todavía estaba húmedo y tiritando.

Bajar los animales fue más difícil que subirlos.

Los bichos salían atropellándose, ansiosos por pisar algo que no se hamacara. Los caballos ganaron la planicie al galope, las ovejas se desparramaron por las laderas buscando un pasto que no tuviera gusto a sal, y los tigres se perdieron entre los matorrales sin mirar atrás. Ninguno se dio vuelta para agradecer. La libertad es así de desagradecida.

Nosotros nos quedamos parados al lado del barco vacío.

Se veía enorme, gris y descascarado, como el esqueleto de una ballena muerta en la cima de la montaña. Daba un poco de pena verlo así, tan inútil ahora que la tierra volvía a ser de los hombres.

Mis hijos empezaron a juntar piedras para armar un altar. Querían agradecer, cumplir con el protocolo de los sobrevivientes.

Me alejé un poco. Me senté sobre una piedra laja, todavía tibia por el sol, y empecé a armar un cigarro con el poco tabaco seco que me quedaba en el bolsillo. Tenía las articulaciones duras y un cansancio viejo que dudo que se me fuera a quitar con un par de noches de buen sueño.

—Mirá, Noé —me dijo mi mujer, señalando con el dedo hacia el horizonte.

En el cielo, que todavía tenía unas nubes negras y pesadas retirándose hacia el este, apareció una luz rara. Una franja de colores que cruzaba el aire de lado a lado, brillante, como si alguien hubiera pintado una pincelada de aceite sobre un vidrio limpio.

Los chicos se arrodillaron. Hablaban de una alianza, de una promesa de Dios de que no iba a volver a inundar la Tierra.

Miré el arcoíris de reojo, sin levantarme de la piedra.

Era lindo, sí. Pero uno ya no tiene la edad para creer en los finales felices sin letra chica. Pensé en la mugre que mis hijos y yo habíamos bajado del barco en los bolsillos. Pensé en que la tierra estaba limpia, pero nosotros seguíamos siendo los mismos de antes del agua.

Le di una pitada al cigarro, sintiendo el humo amargo en la garganta, y miré a mis hijos que ya empezaban a discutir sobre dónde iban a levantar las primeras chozas.

Los dejé discutir.

Miré el arcoíris una vez más.

Después levanté el hacha que había apoyado contra una piedra.

El mango seguía húmedo.

Le pasé la mano despacio, como quien saluda a un viejo compañero.

Todavía había mucho por construir.