Cap. XXXIX: Democracia
Chase observaba cómo el enorme y moderno Palacio de las Naciones Unidas se iba haciendo más grande en su ventanilla de visualización conforme descendía sobre el planeta.
Era imposible no sentirse fascinado por la arquitectura de aquel edificio, y para Chase, al mismo tiempo, no sentirse indignado al verlo. Ese era el tipo de cosas en las que la Tierra gastaba el dinero que esquilmaban a los planetas exteriores: ostentación, lujo, estupidez.
Su propio palacio en Leao estaba junto a una cascada en un paraje natural y, aun así, su mantenimiento era diez veces más barato. Aquella gente no tenía límite.
Había estado allí dos semanas atrás, en aquella pésima reunión en la que le habían hecho la jugarreta con las islas Fahr. Aquella vez había bajado con una de las navecillas auxiliares, pero ahora se había decidido a utilizar su TG1, la nave principal de la flota.
Su ánimo era abismal. Trataba de convencerse a sí mismo de que aquella emperatriz decía la verdad, que lo apoyaría y que además le dejaría llevar a cabo su reforma fiscal y tener voz en las decisiones políticas, tal como le había prometido. Pero no lo conseguía. En su cabeza sólo estaba la palabra “fracaso”.
Era el día decisivo, el momento cumbre. Al caer la noche, sabría si era el nuevo Presidente de la Tierra o uno de los seres humanos más desgraciados del universo. O las dos cosas a la vez.
Le habría gustado abandonar, pero no podía. Volver a Leao significaba tener que afrontar todas las exigencias de compensación que tendrían los planetas que había conquistado. Y tendría que atenderlas o pelear contra ellos.
Además, cuando veía a su gente, no se veía capaz de decepcionarlos. Cleo había tenido razón con lo que le había dicho el día de la cena: “Seguirán yéndose, pero se quedarán los buenos”. Lo cierto es que se había marchado mucha gente, casi dos tercios del contingente original, pero los que se habían quedado demostraban un fanatismo y una confianza en él que él mismo no sentía, y que se veía incapaz de traicionar.
Aceptaría lo que el destino, o más bien, aquella emperatriz, decidieran. Y trataría después de hacer lo posible con lo que le tocara. Aunque solo fuera por dignidad y honor. No podía fallar a su gente.
La enorme nave terminó de posarse en el extenso llano de césped del jardín del palacio mientras Chase andaba por los pasillos hacia la compuerta de desembarque. Le acompañaba Nerv, su “nuevo Massiev”.
Nerv no era Massiev, desde luego. Para empezar, no era rubio, ni alto, ni hablaba por los codos. Más bien, todo lo contrario. Tampoco era el capitán de las fuerzas armadas, ya que el puesto seguía ostentándolo él mismo. Pero lo había elegido para acompañarle por ser uno de los pocos oficiales que se habían quedado, y uno de los que demostraban más lealtad e inteligencia, pese a ser muy joven. Además, hablaba varios idiomas, lo cual le podía ir bien en aquel lugar.
Ambos bajaron al césped del jardín utilizando la esclusa móvil y, conforme pusieron un pie en el suelo, tuvieron que improvisar una visera con sus manos. Acostumbrados a la continua luz artificial de las naves, acusaban la fiereza del sol de mediodía en aquella latitud.
Entrecerrando los ojos, Chase vio que una figura trajeada y de cabeza desnuda se acercaba.
—Bienvenido, me alegro de verle por aquí —Manuel alargó la mano.
—Seguro. Yo me alegro de igual forma —Chase se la estrechó.
—¿No ha venido mi amigo Rinat? ¡Qué decepción! —Manuel sabía de sobra lo que había pasado con Massiev, y simplemente se lo lanzaba a la cara para marcar territorio.
—Oh, el pobre Massiev está indispuesto —dijo Chase—. Pero he venido con mi compañero Nerv, al cual le presento.
Chase hizo un ademán y se apartó ligeramente, dejando que el chico se presentara.
—Miło mi pana poznać —Nerv lo saludó en polaco.
—¡Oh! ¿Hablas mi idioma natal? ¡Cuánto tiempo sin escucharlo! —Manuel estaba sinceramente sorprendido— Czy mówi pan po polsku?
El pobre Nerv puso cara de pensar intensamente y sudó internamente, aunque finalmente consiguió decir:
—Niezbyt, ale mogę spró…bo…wać?
—¡Muy bien, chico! —aplaudió con una sonrisa en la cara— Oiga, Anneru, ¿le puedo hacer una oferta por él? Me vendría genial tener a alguien que hablara mi idioma… llevo tanto tiempo hablando inglés y árabe que casi ni recuerdo mi propia lengua.
—Se lo cambio por un pasaporte de las Islas Fahr.
—Ja, ja, ja, touché.
Manuel los acompañó hasta una de las entradas que el palacio tenía desde aquella parte del jardín.
—Aún quedan unas horas para que dé comienzo la reunión, y yo debo preparar la recepción del resto de participantes. Les acompañaré a la zona reservada para los representantes de los planetas exteriores, y después, con su permiso, tendré que ausentarme. Estarán ustedes muy bien atendidos…
—¿Le importa si nos quedamos un rato en el jardín? —cortó Chase— Llevamos meses sin pisar apenas la superficie, me gustaría que me diera un poco el aire.
—No hay ningún problema. La Sala Elipsoidal abre sus puertas media hora antes del comienzo de la reunión. Si se cansan de pasear, o quieren comer algo, sólo tienen que ir a las dependencias de los planetas exteriores. Si no recuerda cómo se llega, pregunte a cualquier persona de servicio que vea por los pasillos.
—Gracias, así lo haremos. Nos veremos en unas horas, Lechwiçza —Chase le alargó la mano esta vez, y Manuel se la estrechó, marchando después por la puerta hacia el interior del palacio.
Se giró y comenzó a andar por el césped del jardín. Nerv lo siguió.
—Es curioso, Nerv. Ese hombre y yo somos realmente los que nos estamos jugando el poder. A cualquiera de los dos nos vendría estupendamente la desaparición del otro, sin embargo, hemos estado aquí cinco minutos conversando y hasta hemos bromeado.
—Supongo que al final, todos somos seres humanos, señor.
—A eso me refiero.
Manuel entró al palacio y no pensó demasiado en Chase. Su suerte estaba echada, a aquel pobre hombre no lo salvaba ni un milagro. Ahora su cabeza estaba puesta en el siguiente participante de la reunión que llegaría al palacio: la emperatriz nim.
Había recibido un aviso de la proximidad de la nave, y calculó que, si no modificaba el ritmo, estaría allí en unos veinte minutos. Fue andando rápidamente hacia la habitación de Aliz, y rezó por que esta se hubiera despertado en mejor estado de lo que la había visto el día anterior.
Ya en la puerta de su habitación, tocó el timbre. No escuchó nada. Se acercó a la puerta y la golpeó con los nudillos, como había hecho la otra vez. Pero esta ocasión, siguió sin escuchar nada.
“Durmiendo la mona”, pensó. Sacó su tarjeta maestra del bolsillo y la pasó junto al botón del timbre por el sensor. La puerta hizo un “clac” y se entreabrió unos centímetros.
El tiempo apremiaba, así que abrió la puerta y se dispuso a acercarse a la cama para despertarla, pero en la cama sólo había cosas. No había ninguna Aliz.
Extrañado, miró a su alrededor y vio la puerta del baño cerrada. Se acercó, golpeó con los nudillos.
—¿Aliz?
Nada.
—¿¡Aliz!?
Nada otra vez.
Se fijó en que no se escuchaba la ducha, ni movimiento alguno en el interior del baño. Decidió que, si le acusaban de falta de pudor, se excusaría con la seguridad: si ella se había desmayado o había tenido un accidente, entrar en su baño era algo perfectamente comprensible. Abrió la puerta y accedió.
Pero en el baño tampoco había nadie. Y curiosamente, estaba mucho más limpio que el resto de la habitación. Se rascó la calva.
Allí no había ventana. No había agujeros de ningún tipo… salvo uno. El conducto de ventilación, que estaba situado algo más de un metro por encima de la taza del baño.
Pero aquel conducto era minúsculo. Se acercó y se puso de pie en la taza, quedándole justo a la altura de los ojos. Se fijó en que la rejilla que debía protegerlo no estaba, y mirando hacia abajo la vio tirada parcialmente debajo del armario del baño. Metió la cabeza en el tubo y vio que apenas le cabía, pero entraba entera.
¿Podría ser?
Bajó de la taza y salió a la habitación. Revisó en el armario de la ropa y bajo la cama. Nada.
Salió de la habitación y sacó su comunicador del bolsillo. Llamó a seguridad. Esta vez, a la oficial.
—Aquí seguridad. Agente Wirtz —le respondieron.
—Wirtz, por favor, ¿puede decirme si la chica nim ha salido de su habitación esta mañana?
—Sí, señor. No lo ha hecho. Llevo de turno desde las ocho y de ahí no ha salido nadie.
—¿Puede revisar el vídeo de la cámara de su puerta desde que hablé con ella anoche?
—¿Quiere que vaya viendo hacia atrás hasta que aparezca usted hablando con ella?
—Exactamente, y dígame si entre entonces y ahora, ha salido en algún momento.
—En seguida se lo digo.
Manuel, impaciente, comenzó a andar hacia la salida al jardín. La emperatriz debía estar al caer.
—Señor, revisión finalizada. No ha salido —le dijeron en seguida por el comunicador.
—Muy bien, gracias, Wirtz. Continúe con su trabajo.
La cosa estaba clara. Si no había salido de la habitación, debía haberse metido en aquel conducto. Habría sido imposible para un ser humano de estatura normal, pero aquella chiquilla era enana. Se compadeció de ella. Moverse por los conductos de ventilación era prácticamente imposible si uno no tenía un mapa. Hasta el personal de mantenimiento del sistema de climatización llevaba siempre uno, y eso que ellos entraban todas las semanas y tenían identificados los tubos con un código propio.
Sin embargo, no estaba de más tomar todas las precauciones posibles.
Llamó de nuevo por el comunicador, pero esta vez, el agraciado fue su matón principal: Dale.
—Aquí Posición Cero.
—¿Posición cero? ¿Qué tontería es esa?
—Ah, Manuel, disculpe, pensaba que era mi compañero Gryall. Está en otro tubo, que es posición uno. Es para comunicarnos entre nosotros. Este aparato que nos ha dado es una basura, no indica quién llama.
—Es lo que hay, Dale, no puedo comprar estas cosas en tiendas normales y es lo que tenía a mano. Escúchame, ¿ha habido movimiento en tu posición o en la de tus compañeros?
—Negativo, señor. Antes he escuchado unas voces, pero era el chico haciendo el imbécil en la sala. Se estará aburriendo. De los demás, nadie ha reportado nada.
—Perfecto. Verás, tengo casi la certeza de que una chica se ha metido en los conductos de ventilación. Estáis en todas las salidas al exterior, así que no tiene escapatoria. No la busquéis, que nadie abandone su posición, ¿me oyes? Simplemente, si aparece, detenedla. Y, muy importante, no le hagáis daño. Si se lo hacéis, pagaréis por ello, ¿entendido?
—Sí señor. ¿Qué hacemos con ella si la detenemos?
—Llamadme a mi comunicador. Os lo diré en ese momento. Retenedla mientras tanto, y hacedlo sin provocarle ni un rasguño.
—Muy bien, señor, en cuanto cuelgue trasmito la orden a mis compañeros.
—Recuérdales, ya de paso, que tarden un poco cuando me tengan que traer el maletín. No debe dar la impresión de que todo se resuelve demasiado rápido.
—Entendido, señor. Habíamos hablado de esperar veinte minutos, si le parece bien.
—Me parece perfecto, veinte minutos está bien.
Manuel cortó la comunicación y salió al jardín, solo para ver aquella extraña y pequeña nave anaranjada aterrizando en la lejanía, junto a la enorme nave de Leao.
Mientras andaba con prisas hacia ella, tenía que pensar rápidamente. Aliz ya no era necesaria para su plan, y si no se perdía en aquellos tubos e intentaba salir al exterior, todas las salidas estaban cubiertas por sus matones. Los sensores de los tubos estaban desactivados, pero podía volver a activarlos cuando acabara todo el “show”, si por aquel momento todavía no había aparecido. Podía quedar atascada, pero si esa fuera la situación, no le pasaría nada por estar cinco o seis horas allí. Como mucho algún ataque de ansiedad… nada grave, nada mortal.
Llegó al lado de la nave nim y vio la puerta abierta y las escaleras desplegadas, pero la emperatriz no estaba.
Cleo escuchó como la compuerta se abría desde el puesto de mando. Había aterrizado un par de minutos atrás, pero no había visto a nadie para recibirla, y le había parecido extraño.
Ahora, por la cámara, veía a Manuel abajo, junto a la nave, y se fijó bien en él. Estaba quieto, pero parecía nervioso. Miraba hacia los lados, parecía dudar si acercarse más a la nave. Decidió que ya le había hecho pagar suficiente por su impuntualidad.
Cleo desconectó las cámaras y ordenó a la nave cerrarse y permanecer en estado de reposo cuando ella saliera, cosa que hizo al instante.
Con su andar flotante, descendió grácilmente por la escalerilla y se acercó al asesor.
—Bienvenida de nuevo, señora emperatriz. Tenía ganas de verla, la otra vez, sólo fue un rato.
—¿Me echaba de menos?
—Digamos que preferiría haberla tenido junto a mí, que junto a mi rival, no le voy a mentir.
—¿Acaso no dejé aquí a mi ayudante para que fuera mi representación en este planeta? ¿No le bastaba con eso? ¿Alberga alguna duda con respecto a nuestro acuerdo?
—No, no es eso…
—¿Dónde está, por cierto?
—Pues, precisamente de eso le iba a hablar ahora —Cleo notó el nerviosismo en su tono—. Ha desaparecido. Me despedí de ella anoche, y esta mañana cuando he ido a su habitación, no estaba. Pensaba que habría venido aquí a recibirla por su cuenta, pero no la veo.
—¿Cómo que ha desaparecido? ¿Cómo que no estaba? Usted la tenía a su cargo. Espero que sea capaz de darme una buena explicación y de encontrarla lo antes posible. Este no es el trato al que habíamos llegado.
—Le digo que anoche estaba en su habitación, pero esta mañana no. Mire, llevaba unos días comportándose de forma errática. Al parecer, perdió su pulsera…
—Lo sé, porque esa pulsera le servía para comunicarse conmigo y no lo ha hecho. No creo que la perdiera, por cierto. Estoy segura de que se la robaron. Y usted lo permitió.
Chase se encontraba en el interior de la Sala Elipsoidal sentado junto a Nerv, su improvisado compañero. Se habían cansado pronto del paseo por el jardín. Una cosa era tener ganas de que le diera el aire, y otra, aquel condenado solazo. Si no estaban acostumbrados a la luz, menos aún a la temperatura.
Habían pasado por la zona que tenían reservada para ellos en el palacio y habían disfrutado de los canapés y la hospitalidad, pero se habían marchado a la Sala Elipsoidal en cuanto la habían abierto.
Chase estaba impaciente. La sala estaba casi vacía cuando habían entrado y habían ido directamente a sentarse en el lugar reservado para los representantes de los planetas exteriores. Desde sus asientos tenían buena visibilidad del atril de discursos, de los asientos reservados al presidente y sus asesores e invitados, y de toda la zona superior, salvo la que tenían justo detrás de ellos.
Esta zona superior, que rodeaba toda la elipse, era ocupada por el público general, y a quince minutos del comienzo oficial de la reunión, estaba casi repleta.
Allí pudo ver varias caras conocidas. Estaba Narmilla Thompson, mujer de la cual dependía una buena parte del mercado de alimentación mundial. Cerca de ella también podía ver al presidente de la tecnológica Book Alpha. Sin duda, habría más gente de éxito, aquella reunión se había convertido en todo un acontecimiento, gracias a aquella emperatriz y sus nims.
“Hasta en eso me supera en varios órdenes de magnitud”, pensó, recordando que quince días atrás, aquellos asientos habían estado prácticamente vacíos.
—Fue en una sala con esta forma donde se debatió y redactó la primera constitución mundial. Por eso ahora las hacen siempre así, aunque se cambie de edificio. Es curioso, la original tenía esta forma porque cuando se construyó, aunque se quería hacer una sala circular, no había espacio suficiente, o el círculo había sido muy pequeño. Fue así casi por accidente —comentó Nerv, tratando de reducir los nervios de Chase.
—No tenía ni idea. Eres una mina, Nerv. Es una lástima que en breve no vaya a tener poder ni sobre mi propia vida, si no, te nombraría ayudante personal. Todas estas cosas que sabes sobre las tradiciones de la Tierra me podrían ser de ayuda.
—Será un honor, señor. Yo confío en la emperatriz. Creo que está con nosotros.
—Me gustaría poder tener tanta fe como tú, Nerv. Por cierto, ¿tú la ves?
—No… supongo que…
Nerv tuvo que callar porque sin previo aviso el himno mundial comenzó a sonar por todos los altavoces de la sala con un volumen atronador. Todo el mundo se puso en pie, así que Chase hizo lo mismo, pero sin hacer ningún gesto visible. La mayoría de los demás, cantaban, hasta Nerv movía los labios. Probablemente era el único allí que no conocía la letra.
Que el himno sonara significaba que la retransmisión en vídeo había empezado, y que la reunión debía empezar en breve. En la zona presidencial ya veía al presidente sentado en su sillón presidencial, profusamente adornado con motivos dorados. Tanto él, como el asiento. Los sillones a su derecha e izquierda, visiblemente más austeros, estaban vacíos.
El despacho de Manuel nunca había sido un lugar adecuado para mantener reuniones, y mucho menos lo era ahora. Salvando las distancias con la habitación de Aliz, aquel despacho también acumulaba su buena cantidad de basura. No había permitido a nadie acceder allí desde que se había marchado hacia Barcelona. Ni siquiera al personal de limpieza ni al de seguridad.
Ahora, Cleo estaba sentada delante de él, a la otra parte de la mesa de escritorio sobre la que solía hacer su trabajo, y trataba de no distraerse con los cambios de dibujo de su vestido mientras le hablaba.
—Le juro que yo no tenía ni idea de que todo esto había ocurrido. Tuve que ausentarme, como le he contado, y me dieron toda la información a la vuelta. Antes de marcharme, ella estaba perfectamente normal.
—Supongo que debo aceptar lo que me cuenta. La puse bajo una gran presión. Pobre Aliz…
—Haremos lo posible por encontrarla. Como le he comentado, es imposible que salga del edificio sin que nos enteremos y he ordenado que se vigilen todas las salidas de los conductos de ventilación. Si no aparece, la buscaremos en el interior de los tubos.
—Está bien, vamos a esa reunión, entonces. Pasan cinco minutos de la hora de comienzo.
Salieron de la habitación, y en el trayecto hacia la Sala Elipsoidal, Cleo sonreía hacia sus adentros. Al acceder al edificio con Manuel habían visitado la habitación de Aliz y, solo con verla, había perdido todo el miedo que le había causado la situación al principio.
Aliz no estaba perdida. No tenía la menor idea de qué habría tramado, o de qué estaba haciendo, pero desde luego, no corría ningún peligro. Había crecido sin padre, o peor aún, con una mala persona como padre. Había sufrido las pérdidas de su madre y su abuela en un corto espacio de tiempo. Había pasado por todo aquello con sufrimiento, pero con dignidad. ¿E iba ahora a hacerse alcohólica y perder la cabeza solo por quedarse sin su pulsera?
Entendía que la pulsera era toda su seguridad. Ella misma se habría sentido desnuda sin sentirla en su muñeca izquierda como la sentía ahora mismo. Pero Aliz era mucho más fuerte que eso.
Tenía que serlo.
Si se había roto justo ahora, tendría remordimientos por toda su vida, por si no había acumulado los suficientes ya en sus casi tres siglos.
Accedieron por el portón de acceso y Cleo notó miles de ojos puestos en su ser, así como varias cámaras de grabación de vídeo que viraron en su dirección, enfocando sus objetivos a su cara.
Adoptó actitud señorial, entrenada hasta la saciedad desde su juventud, y tomó asiento junto al presidente como invitada especial.
El hombre la saludó profusamente y le besó la mano, haciendo caso omiso a la ponente que en ese momento leía el orden del día en el atril.
… "


