LiteraturaNovelaCiencia ficción Eventos Anómalos 2 - Spam Cósmico Aurora113Aurora113hace 6 horas imagen
Hay un nivel de pánico gubernamental que no se mide en gritos, sirenas o comunicados de prensa. Se mide en el grosor de los cables que la ACC despliega sobre el césped.
Y los que estaban tirando ahora mismo a través de la cancha de softball del Club Pacífico tenían el diámetro del muslo de un levantador de pesas olímpico.
Estábamos sentados en la penúltima grada de madera descascarada de la tribuna local. Técnicamente, el Protocolo 44-A de la Agencia de Control y Contención dictaba que, como subcontratistas civiles, debíamos haber sido evacuados en un radio de cuatro kilómetros en el instante mismo en que los camiones blindados rompieron el alambrado del club. Pero el caos tiene la ventaja de volver invisible a la gente que sabe quedarse quieta. El escuadrón Ascalón había tomado el mando hacía cuarenta minutos, y estaban tan febrilmente concentrados en el epicentro del campo que simplemente olvidaron que estábamos ahí.
O, como yo prefería pensar, el fin del mundo inminente hace que los supervisores de perímetro se vuelvan un poco laxos.
—Mi medidor costó ochocientos créditos —murmuró Rafu, con los codos apoyados en las rodillas y el mentón descansando sobre las palmas de sus manos—. Un medidor alemán, Aurora. Con calibración cuántica. Y esa cosa lo derritió.
Me miré la mano derecha. Todavía tenía una mancha de hollín negro en la palma y un leve temblor en los dedos. A las 14:15 horas, habíamos llegado a responder a un llamado por “alteración topográfica menor” en el diamante de softball. Me acerqué al centro del campo, saqué el contador Geiger de entropía que me compre por mi certificación de Nivel 1, y el aparato ni siquiera pitó. Hizo un sonido agudo, similar al de un gato atragantándose con un clavo, y estalló en una chispa de fuego azul, convirtiendo sus circuitos en escoria fundida.
Tres minutos después, el espacio frente a nosotros se rasgó como si alguien le hubiera pasado un bisturí al aire, y aparecieron ellas.
Las Puertas.
Ocupaban el espacio desde el montículo del lanzador hasta casi la segunda base. Eran unas puertas dobles, metálicas, labradas con relieves que lastimaban la vista si intentabas enfocarlos. La arquitectura recordaba a las enormes puertas de bronce de la Curia Julia romana, pero multiplicadas por tres. Tenían al menos quince metros de alto. No estaban apoyadas sobre nada, no tenían bisagras ni un edificio detrás; simplemente flotaban a dos centímetros del pasto sintético, sostenidas por un marco de pura estática negra que distorsionaba la luz del sol alrededor, haciendo que el fondo de la cancha pareciera derretirse en olas de calor.
Alma Grau dio una calada larga a su cigarrillo. El humo salió de sus pulmones y fue inmediatamente arrastrado por una brisa fría que parecía emanar directamente del metal alienígena de las puertas.
—El problema no es que el medidor haya explotado, Rafu —dijo Alma, con una calma tan plana que resultaba aterradora—. El problema es que explotó marcando un infinito. Los sensores no registraron una anomalía. Registraron una ausencia absoluta de las reglas de nuestra física.
Me ajusté la campera de cuero, cruzándome de brazos para retener algo de calor. Era verano, pero en esa tribuna se sentía como el corazón de julio. —¿Por qué la ACC se lo está tomando con esta escala militar? —pregunté, observando el desfile de hormigas que operaba en la cancha—. Cuando la Pirámide estaba en el cielo, cortaron las calles, sí, pero no trajeron… esto.
Señalé con la barbilla hacia el centro de la escena.
Era un despliegue surrealista. A lo largo de la línea de cal, dos tanquetas policiales antidisturbios negras, sin patentes, estaban estacionadas en ángulo, con sus cañones de agua (que dudo que estuvieran llenos de agua) apuntando a las puertas. A la derecha, un camión de bomberos y tres ambulancias esperaban con los motores en marcha.
Docenas de agentes con trajes tácticos grises corrían conectando los cables gigantescos a cuatro enormes cajas metálicas que zumbaban con una vibración que me hacía temblar las muelas. Eran generadores de radiación gamma acoplados a bloqueadores entrópicos. Estaban intentando crear una jaula Faraday metafísica alrededor de la estructura.
Y más cerca aún de las puertas, un grupo de seis agentes se estaban terminando de poner trajes de contención de máximo riesgo. Parecían astronautas salidos de una pesadilla soviética: trajes abultados, negros, con cascos de vidrio tintado en dorado y tubos de oxígeno acoplados a mochilas dorsales.
—Porque la Pirámide era una declaración de presencia, Strano —explicó Alma, sin quitar la vista del equipo de astronautas—. Era un objeto en reposo. Un faro. Estas puertas… no son un objeto pasivo. Las puertas están diseñadas para dos cosas: cerrarse para dejar algo atrapado, o abrirse para dejar que algo entre. Y considerando que acaban de materializarse en nuestro jardín trasero, dudo mucho que sea la primera opción.
—Huele a invitación cancelada —secundó Rafu, olfateando el aire con una mueca de asco, mostrando los caninos—. Hay un olor férreo, como a sangre vieja y cobre sobrecalentado. Me pican las escamas que no tengo. Lo que sea que esté golpeando del otro lado para entrar, no viene a pedir una taza de azúcar.
Tragué saliva. Hasta ese día, yo creía que había visto de todo. Había domado electrodomésticos con crisis existenciales, había nadado en tinta dimensional y había visto el tejido de la realidad deshilacharse en una oficina de la ACC. Pero siempre había existido una sensación subyacente de “esto lo arreglamos con un poco de cinta y sarcasmo”.
Hoy no. Hoy no había chistes de oficinistas. El aire pesaba como plomo. Mirar esas puertas generaba un pavor biológico y primordial, el tipo de terror que un ratón siente cuando ve la sombra del halcón sobre el campo. Mi corazón latía a un ritmo arrítmico, y mi cerebro me rogaba, con una voz cada vez más fuerte, que me levantara, corriera hacia la salida y no parara hasta llegar a otra provincia.
Y sin embargo, ahí estábamos. Tres idiotas con entrada de primera fila para el fin del mundo, clavados en las gradas por pura, absoluta y morbosa curiosidad humana.
—¿Y los Ascalón? —murmuré, forzando a mi voz a no temblar—. Están todos acá. No pensé que sacaran a todo el plantel al mismo tiempo.
—Si no los sacan ahora, no habrá ACC que proteger mañana —dictaminó Alma.
Mire hacia el foso de bateadores. Allí estaba la élite. La fuerza de choque de Augusta Eisenfrost, supervisando el circo con una mezcla de tedio y profesionalismo letal.
Pude distinguir la cabellera oscura de Kafka Rabelais, inconfundible con su impecable traje sastre, caminando por la línea de base. Llevaba una tablet en la mano y daba órdenes breves con la elegancia de una directora de orquesta sinfónica. Dos guardias de la Guardia Pretoriana, esos gigantes mudos con armaduras pesadas que responden directamente a la cúpula, la seguían como perros de presa.
A unos metros de ella, el césped sintético tenía una escarcha blanca que se expandía lentamente. En el centro de esa zona de frío artificial estaba Rodemika Razpodar. Llevaba los brazos cruzados y miraba las puertas con unos ojos tan desprovistos de emoción que hacían que el metal alienígena pareciera cálido en comparación. Estaba actuando como un disipador de calor térmico, bajando la temperatura ambiental para evitar que los generadores de la ACC se fundieran por la sobrecarga.
De repente, un grito agudo y furioso cortó el zumbido constante de los generadores.
—¡NO ME IMPORTA EL PROTOCOLO DE EXCESO DE MASA, ROBERTO! —El chillido venía de la zona de los camiones—. ¡NO PUEDO APLICAR CONTENCIÓN PERCUSIVA A UNA PUERTA CÓSMICA CON LAS MANOS VACÍAS!
Rafu soltó una carcajada baja y rasposa. —Mi chica favorita.
En la periferia del operativo, Zafiro Zanarinni Zapp estaba dando saltitos de indignación. Con su piel rosada brillante, sus pequeños cuernos asomando por la gorra táctica de la ACC y los ojos negros completamente dilatados por la adrenalina, estaba acorralando a un pobre oficial de logística que parecía a punto de llorar.
—¡Me dijiste que lo ibas a subir a la caja de armamento secundario! —le gritaba Zafiro, agarrando al hombre por las solapas del chaleco antibalas y sacudiéndolo—. ¡Ese bate no es solo un pedazo de madera con clavos de hierro celestial, Roberto! ¡Es una extensión de mi voluntad destructiva! ¿Cómo se supone que rompa los tobillos de lo que salga de ahí? ¿A mordiscos? ¡Que si tengo que hacerlo lo haré, pero luego tendré mal aliento!
—Triple Z está alterada —comenté, apoyando los codos en las rodillas—. ¿No debería estar tomando algo de azúcar antes de la pelea?
—Su metabolismo detecta la inminencia del impacto —dijo Alma, dándole otra calada al cigarro—. Sabe que lo que hay del otro lado requiere fuerza bruta sin refinar. Está frustrada por un problema de logística.
Además de los sospechosos habituales, había otras figuras que nunca había visto en persona y que parecían salidas de una alucinación por drogas de diseño.
A la derecha del montículo del lanzador, un hombre alto y encorvado, vestido con un traje que parecía tejido con hilos de sombra, sostenía un extraño astrolabio y murmuraba coordenadas matemáticas. Por debajo de las mangas de su camisa, pude contar al menos cuatro antebrazos diferentes, moviéndose independientemente mientras ajustaban calibradores que yo ni siquiera comprendía.
Un poco más allá, una mujer estaba levitando a medio metro del suelo, con los ojos cerrados y las piernas cruzadas en posición de loto, rodeada de anillos de luz geométrica que pulsaban al mismo ritmo que el zumbido de la puerta de bronce. Su sola presencia hacía que mis oídos pitaran.
—La artillería pesada y la artillería exótica —comentó Rafu, viendo hacia donde yo miraba—. El del astrolabio es Falmar Jougi. Rara vez sale de su biblioteca en el Nivel -6. Y la que flota… no tengo idea, pero su aura sabe a metal quirúrgico y vacío. Me pone nervioso.
Volvimos al silencio. Los generadores gamma alcanzaron su clímax auditivo. Las seis figuras con los trajes de astronauta avanzaron pesadamente, formando un semicírculo a tres metros de la entrada colosal. Levantaron armas que no parecían disparar balas, sino emitir conos de luz distorsionadora.
El aire se estaba volviendo escaso.
—Tiren sus hipótesis, equipo de mirones —dijo de repente Alma, aplastando la colilla de su cigarro en la madera de la grada. Se frotó la sien izquierda con la mano derecha, un gesto de genuina fatiga—. ¿A qué nos estamos enfrentando hoy?
Me giré para mirarla. Alma no suele jugar a las adivinanzas. Cuando pregunta qué creemos que es, significa que, por una vez, ella tampoco lo sabe con certeza y el hecho la está mortificando.
—Es un portal de tránsito forzado —opinó Rafu de inmediato, su tono pasando de la burla a la seriedad académica de los horrores—. Piensen en la estética. Las puertas cerradas, la escala monumental, la pesadez de los relieves. Esto no es un accidente geográfico de la realidad, no es un salto cuántico natural. Es tecnología arquitectónica de otra dimensión. Alguien construyó esto, lo apuntó a nuestra latitud y longitud, y lo hizo anclar. Y sea quien sea, está usando nuestro mundo como alfombra de bienvenida o como autopista.
—¿Una invasión? —pregunté, sintiendo un escalofrío que no tenía que ver con Rodemika y su aura helada.
—O una huida —sugirió el demonio—. Quizás lo que hay detrás de las puertas no viene a conquistarnos. Quizás solo está escapando de algo que es peor que nosotros y nuestra burocracia deprimente.
—La teoría del refugio dimensional —evaluó Alma, cruzándose de brazos—. Interesante. Pero difiero en el concepto de “tránsito”.
Ambos la miramos.
—No creo que esto sea una carretera, Rafu —continuó ella, su mirada gris inmutable clavada en las imponentes estructuras de bronce—. Esto es jerárquico. Las proporciones desmedidas. La arrogancia de plantarse en un espacio tridimensional desafiando la física de forma tan burda… Eso es teología de alto nivel.
—¿Teología? —repetí, atónita—. Alma, ¿estás diciendo que estamos a punto de ver a Dios abrir la puerta de un estadio de softball para pedir indicaciones?
—No dije “Dios” —me corrigió—. Dije una deidad. Una entidad panteónica o un ser que ostentó adoración en algún plano antiguo. Alguien que no toca la puerta, sino que manifiesta la puerta misma para demostrar que nuestra realidad es su recibidor. Es un allanamiento divino. Una demostración de fuerza. Está diciendo: “Voy a entrar, y traje mis propias paredes”.
El zumbido en el campo cambió de tono. Ya no era la maquinaria de la ACC. Era un crujido. Un quejido agudo y metálico, profundo y titánico, como si se estuvieran moviendo engranajes del tamaño de planetas no lubricados.
La luz solar pareció atenuarse, absorbida por la fisura infinitesimal que empezó a formarse entre las dos hojas de bronce.
—¿Y tú, Strano? —me preguntó Alma, su voz cortando el chirrido inminente—. No has dado tu diagnóstico.
Me pasé las palmas sudadas por los muslos de mis jeans. Miré el cordón policial de la ACC a lo lejos. Miré los camiones, los generadores, a Kafka con su fría eficiencia y a los astronautas levantando sus armas, preparados para vaciar el cargador de la esperanza humana contra lo ignoto.
—No sé qué es, Alma —dije, con una voz pequeña, que de repente sonó como la Aurora adolescente de hace tres años, la que todavía no se había acostumbrado a convivir con el fin del mundo todos los martes—. Ustedes analizan el cómo y el qué. Yo solo sé cómo se siente.
Rafu y Alma no dijeron nada. Me dejaron continuar.
—Siempre nos hemos cruzado con cosas rotas. Cosas que no encajan, cosas que se colaron, accidentes que hay que limpiar con una escoba, un formulario o un golpe. Y siempre hay un punto débil. Una lógica estúpida pero descifrable. El helado que extraña el pasado, el edificio que cambia cuartos porque no tiene otra cosa que hacer.
Tomé una bocanada de aire con sabor a ozono.
—Pero esto… esto no es un error de la matriz. Y no está roto. Se siente premeditado, afilado y, sobre todo… —Busqué la palabra correcta, viendo cómo el borde de la puerta izquierda empezaba a desplazarse un milímetro, dejando escapar un haz de luz color ceniza que iluminó el estadio con una tristeza espectral—. Se siente ajeno a la idea de piedad. Pallas tiene a la artillería pesada apuntando a esa grieta… y yo tengo la clarísima sensación de que sea lo que sea que salga de ahí, las tanquetas le van a parecer de papel de aluminio.
Alma no me refutó el pesimismo. Simplemente, lentamente, llevó la mano al bolsillo interno de su gabardina. No sacó un cigarrillo. Sacó el revólver de tambor oscuro, la herramienta que reserva solo para los “malos días” reales, la reliquia que dispara cosas peores que el plomo.
Descansó el arma sobre su muslo. Rafu a mi lado se enderezó, sus manos apretando el borde de la madera hasta que astilló la grada, y vi un destello verde parpadear en sus pupilas dilatadas. El miedo, en forma de fuego.
El crujido de las puertas se convirtió en un eco que sacudió los cimientos del estadio, haciendo explotar las luces artificiales de los postes en una lluvia de chispas y vidrios rotos.
Kafka levantó la mano, marcando la señal. Los “astronautas” afianzaron sus posiciones.
Nadie habló más en la tribuna. La atmósfera había dejado de ser un tema de debate filosófico. Ya no importaba si era un portal, un dios arrogante o un error. Lo único que nos unía a los tres, sentados hombro con hombro en el banco de madera de la última fila, era ese morboso, ancestral e insoportable terror humano de no poder apartar los ojos de nuestro propio abismo cuando la puerta finalmente comenzó a abrirse.
El crujido final no fue un sonido, fue una amputación en el tejido del silencio.
Las dos hojas de bronce, masivas y cargadas de una historia que no pertenecía a nuestro calendario, terminaron de separarse. El haz de luz color ceniza que se filtraba por la rendija se ensanchó, barriendo el diamante de softball y convirtiendo el verde artificial en un paisaje lunar, desaturado y muerto. El zumbido de los generadores de la ACC alcanzó una nota tan aguda que los cristales de mis gafas de sol empezaron a vibrar contra mis pómulos.
Y entonces, del umbral de la nada, salió Él.
No hubo música de trompetas. No hubo legiones de ángeles caídos ni monstruos con bocas en lugar de ojos. Lo que cruzó el umbral fue una figura humanoide, de una altura insultante, fácil unos tres metros de puro porte aristocrático y aterrador. Vestía lo que, a falta de un término mejor en mi limitado vocabulario de civil, llamaría un traje de sastre. Pero no era un traje normal; era de un azul oscuro tan profundo que parecía estar tejido con jirones de un cielo nocturno en el que las estrellas se habían apagado hace eones. La tela —si es que era tela— no reflejaba la luz; la absorbía, dejando un rastro de estática visual a su paso.
Pero lo que nos hizo contener la respiración a todos, desde los agentes armados hasta nosotros tres en la grada, fue su ausencia de rostro.
Donde debería haber una cabeza, un cuello y unas facciones humanas, no había nada de eso. En su lugar, a unos diez centímetros sobre el cuello de la camisa impecablemente almidonada, flotaba un cubo. Un cubo negro, de un material sólido que parecía obsidiana pulida, girando muy lentamente sobre uno de sus vértices. El cubo no emitía sonido, no tenía ojos, no tenía boca, pero la sensación de ser observado por cada una de sus seis caras era tan abrumadora que sentí un escalofrío que me recorrió hasta el último rincón de la médula.
Caminó. No flotaba. Sus pies, calzados con zapatos que brillaban con un lustre imposible, pisaron el césped del club con un peso real, físico, dejando huellas de presión sobre la alfombra sintética. Dio uno, dos, cinco pasos, deteniéndose justo frente a la línea de los “astronautas” de la ACC, que se mantenían en posición de tiro, con los dedos entumecidos sobre los gatillos de sus armas de luz.
El silencio que cayó sobre el estadio fue absoluto. Ni un helicóptero se atrevió a zumbar, ni un generador a vibrar. Fue un silencio sepulcral, el tipo de silencio que solo ocurre cuando la realidad está aguantando la respiración para ver si le toca seguir existiendo o no.
La figura del cubo negro metió una mano —larga, pálida, con dedos que tenían demasiadas articulaciones— en el bolsillo interior de su saco azul. Los agentes de contención tensaron los hombros, a un nanosegundo de descargar una potencia de fuego capaz de vaporizar un barrio.
Pero el ser no sacó un arma. Ni un rayo de muerte.
Sacó un sobre.
Era un sobre blanco, de papel común, rectilíneo y dolorosamente normal. Lo sostuvo entre sus dedos largos con una delicadeza casi burocrática y lo extendió hacia adelante.
Nadie se movió. Los soldados se miraron entre sí a través de sus viseras doradas, atrapados en un dilema que ningún manual de entrenamiento podía resolver. ¿Qué haces cuando un dios de tres metros con cabeza de poliedro te ofrece correspondencia?
Finalmente, Kafka Rabelais rompió la formación.
La vi caminar por el césped, con sus tacones de diseñador hundiéndose apenas en la superficie, su traje sastre gris impecable contrastando con el azul abisal de la entidad. Se detuvo a un metro de él. No bajó la guardia, pero sus hombros se relajaron con esa confianza suicida que solo ella posee. Con un movimiento fluido y lento, Kafka extendió la mano y tomó el sobre.
En cuanto sus dedos rozaron el papel, la figura del cubo negro hizo algo que me revolvió el estómago. No se dio la vuelta. No giró sobre sus talones. Su cuerpo, simplemente, cambió de eje. Sus pies quedaron en la misma posición, pero su torso y sus hombros rotaron ciento ochenta grados a través de una anatomía que no debería permitir tales ángulos. El cubo negro hizo un giro rápido, como si asintiera, y la entidad caminó de regreso hacia las puertas de bronce.
… "


