Al cumplir la mayoría de edad, mi madre, su alteza la thiudobasila Temis II, decidió que había llegado el momento de enfrentarme a la realidad del trono. Para ella, instruirme como futura monarca significaba presenciar las asambleas del Thiudobasileion, ese santuario político que solía inspirar reverencia y que ahora no era más que un nido de aduladores al servicio de mi padre. Aunque la perspectiva me producía una profunda apatía, mi condición de thiudobasilissa me impedía esquivar el compromiso; acomodé con cierta resignación las densas ondas de mi cabello cobrizo —ese distintivo inconfundible de nuestra estirpe phoinibrunna que odiaba lucir peinado con rigidez cortesana— y me dispuse a asistir a la sesión inaugural.

En cuanto crucé el umbral de la cámara, percibí la pesadez de la atmósfera. Los consejeros aguardaban ya en sus escaños, murmurando en voz baja. Antes de que pudiera buscar mi sitio, una mano firme y descarada se posó sobre mi hombro, saltándose el protocolo.

Thiudobasilissa, es un placer ser el primero en daros la bienvenida a vuestra primera reunión del Thiudobasileion —dijo, recorriendo mi figura con una mirada invasiva y sin disimulo mientras me cedía el paso—. Por favor, tomad asiento.

Asentí con frialdad y me distancié de él, ajustándome el talle sobrio de mi túnica azul marino, cuyo corte austero contrastaba abiertamente con las recargadas vestiduras de terciopelo y brocado que exhibían aquellos hombres. Rumores alarmantes circulaban desde hacía años sobre la conducta de los colaboradores que mi padre, Chrysalon Thornton, había introducido en el gobierno; rumores que hablaban del abuso de poder e impunidad sobre las más jóvenes e indefensas de la corte. Estar allí, bajo el mismo techo que aquellos libertinos, confirmó mis peores sospechas. La institución concebida para preservar la democracia y las libertades heredadas de la Revolución se había podrido desde dentro, y lo más doloroso era contemplar la pasividad de mi madre.

De pronto, las pesadas puertas ornamentadas se abrieron de par en par para anunciar la entrada de la reina. Temis II avanzó con paso cansado. El brillo habitual de nuestro linaje parecía extinto bajo el peso de la gran tiara real: una pieza magistral forjada en oro rojizo pulido, cuyo aro lucía relieves de llamas estilizadas e inscripciones entrelazadas en lengua foinixiana. En el frontal, alzándose en vuelo ascendente, la figura esculpida de un fénix dominaba la estructura; sus ojos, dos rubíes de un rojo sangriento, destellaban con frialdad sobre el rostro pálido y demacrado de mi madre. La diadema combinaba incrustaciones de cálido ámbar —como un tributo a la memoria histórica— con cristales translúcidos que evocaban la sobria arquitectura de la Mnemosyndesis. Sin embargo, lo más inquietante era la sutil fractura labrada en el centro del metal: una hendidura concebida para representar la reconciliación entre Egaliadas y Disidentes, pero que en las sienes de Temis II se sentía como una promesa rota, el reflejo definitivo de un imperio roto. Nos pusimos en pie en señal de respeto.

—Sentaos —ordenó con tono apagado y fatigado, desprovisto de toda energía real, mientras acomodaba sus frágiles manos, cargadas de pesados anillos de gemas oscuras, sobre los apoyabrazos del estrado.

La reunión arrancó con un tedioso desglose de balances económicos y evaluaciones de ingresos y gastos correspondientes a la temporada de mayor actividad comercial. Tras la traumática crisis del reinado de Nitocris I, nuestros antiguos aliados habían cerrado sus fronteras para aislarse de nuestro colapso. Si bien el posterior enlace matrimonial de mi madre con Chrysalon Thornton —el hombre más adinerado de la nación— había dotado de fondos al tesoro público, la prosperidad dorada de la Primera Harmonía de los Planetas era ya una lejana e inalcanzable fantasía.

Tras una primera mitad aburrida, donde se abusó de cifras y fórmulas opacas sin alcanzar acuerdo alguno, el encuentro alcanzó su momento más tenso al abordar las decisiones presupuestarias impulsadas por los hombres de mi padre. Fue entonces cuando la corrupción se hizo evidente: los consejeros defendían abiertamente maniobras financieras para desviar fondos hacia cuentas privadas antes de invertirlos en las infraestructuras indispensables para el pueblo. Lo que hasta entonces habían sido rumores entre la gente, se confirmó ante mis propios ojos en mi primera asamblea.

A pesar de que los propios consejeros admitían sin tapujos la malversación de fondos que corroía el sistema, la reina parecía negarse a ver la realidad. Ocupaba el trono ensimismada, con la mirada de un verde frío y apagado fija en el vacío, escuchando el eco de las voces sin prestar verdadera atención y aprobando cada uno de los escándalos que proponían aquellos libertinos. Como su hija y futura monarca, mi deber era proteger tanto la dignidad de mi estirpe como el destino del pueblo, por lo que decidí que la enfrentaría en cuanto la sesión tocara a su fin.

Cuando por fin concluyó la lectura de aquellos preceptos infames, los hombres de mi padre comenzaron a abandonar la estancia. Seguí su salida con una mirada severa, una advertencia muda para que ninguno osara acercarse a la reina. En cuanto la cámara quedó vacía, me volví hacia el estrado: mi madre permanecía inmóvil, con la cabeza baja y la mirada perdida en la nada, haciendo crujir nerviosamente las piedras de sus anillos contra la madera tallada. Me aproximé despacio y rompí el silencio:

—Mamá, no podemos permitir que estos hombres mantengan las riendas del reino. Tienes que ponerles un límite.

Mi súplica no alteró la rigidez de sus facciones. Buscando alguna reacción en la mujer que debía frenar aquella barbarie, posé la mano con delicadeza sobre su hombro:

—¿Mamá?

Aquel gesto de afecto pareció sacarla del trance que la había mantenido ausente durante toda la asamblea. Me miró por fin. En un primer instante sus ojos mostraron confusión, reflejando el cansancio acumulado en las ojeras que marcaban su piel pálida, pero de inmediato su rostro se transfiguró en una mueca de furia contenida. Frunció el ceño, apretando la mandíbula con una prepotencia que pretendía enmascarar su decadencia, y sentenció:

—No digas insensateces. Tú no presenciaste el declive del reinado de mi madre en sus últimos años. Mi padre fue el único pilar que la sostuvo hasta que la guerra se lo llevó; seguiré la misma senda y confiaré en quienes nos son leales a tu padre y a mí. ¿Ha quedado claro?

—¡Pero no puedes permitírselo!

Antes de que pudiera articular otra palabra, la reina se puso en pie bruscamente, recuperando por un instante la imponente estatura de su rango con una vehemencia que no le veía desde hacía años.

—¡Sí, puedo! —su grito resonó en la bóveda de la estancia—. Soy la thiudobasila. Hasta el día en que Ankhastebé declare concluida mi tarea y ciñas la corona, eres mi súbdita y me debes obediencia. —Me miró con una mezcla de indignación y ceguera política, incapaz de comprender mi rechazo, antes de apartar la vista con frialdad—: Retírate inmediatamente.

Humillada y sobrecogida por la dureza de su rechazo, abandoné el palacio sin dudarlo un instante. Me dirigí con paso firme al único lugar capaz de brindarme refugio: la majestuosa Mnemosyndesis. En aquel templo del saber se custodiaban los valiosos manuscritos que sobrevivieron a la furia de la Revolución de Lilith I, rescatados por mis antepasados; un legado de incalculable valor simbólico para nuestra nación

Por lo general, el recinto permanecía desierto. A medida que la sociedad moderna se volvía más trivial, el interés por la cultura de antaño se había extinguido casi por completo. Sin embargo, aquel día la tranquilidad habitual se vio interrumpida. En una de las mesas del fondo, un joven de mi edad trabajaba sepultado entre códices y pergaminos. Vestía una túnica de corte sobrio y paño austero en tonos tierra, propia de los estudiantes o eruditos de las regiones del sur; sus dedos, largos y delgados, mostraban trazos leves de tinta de carbón en los nudillos. Estaba sumido en una concentración tan absoluta que ni siquiera advirtió mi presencia cuando me aproximé a su mesa.

Ante mi fracaso en palacio, me refugié en la investigación que ocupaba mis días: el único escrito conservado de la thiudobasila Lilith I. Meses atrás, tras abordar por primera vez aquel texto, formulé mi principal hipótesis: la fundadora no erigió la dinastía para perpetuar el odio, sino para superarlo. Todas las soberanas posteriores habían gobernado bajo la filosofía de la desigualdad entre los Egaliadas y los Disidentes, las dos facciones enfrentadas en la Revolución del Fénix —los primeros en un intento por resquebrajar el machismo de la antigua sociedad; los segundos empeñados en impedirlo e imponer un régimen aún más opresivo contra las mujeres—.

Como descendiente directa de Lilith I, me negaba a creer que ese fuera su propósito original. Su verdadera intención debió de ser la reconciliación de ambos bandos bajo una misma comunidad. Demostrarlo, sin embargo, implicaba una dificultad enorme: la obra estaba escrita en un foinixiano arcaico. Por ello llevaba meses sumergida en el análisis de ese código híbrido —nacido del griego y el inglés con destellos del esperanto—, ayudándome con los escasos diccionarios que se conservaban.

Con los materiales en las manos, me instalé en la misma mesa del joven. Continuaba tan absorto como al principio; ni siquiera cuando aparté la silla con un crujido estruendoso alzó los ojos de sus papeles. Entablar contacto no iba a ser tarea fácil.

Las semanas transcurrieron en una rutina silenciosa. Cada vez que me armaba de valor para hablarle, él se levantaba precipitadamente para devolver un tomo o abandonaba la sala a paso ligero. En otras ocasiones, era mi propia duda la que me paralizaba.

Hasta que llegó el día en que vencí la timidez.

Ambos leíamos nuestros respectivos manuscritos, aunque mi atención estaba por completo centrada en él. Cansada de esperar a que el azar nos uniera, decidí romper el hielo, aun a riesgo de sonar intrusiva.

—Perdona… no quiero molestar, pero ¿qué estás leyendo?

Al oír mi voz, alzó la cabeza y se desentendió de sus pergaminos para mirarme por primera vez. Poseía unas facciones marcadas, de mandíbula firme pero expresión serena, y al encontrarse con los míos, sus ojos mostraron ese matiz único que más tarde aprendería a amar: un tono gris ceniza, profundo y contenido, que bajo la luz tamizada de los ventanales revelaba un chispazo dorado, cálido como un fuego volcánico a punto de despertar. Había en su mirada una pulcritud tan limpia que derrumbó de golpe todas mis defensas. El tiempo pareció detenerse durante un instante suspendido en el aire.

—Es un texto antiguo titulado Crónicas de la Gran Migración —respondió con voz cálida, mientras sus manos delgadas reposaban con delicadeza sobre los bordes del pergamino—. Por su contenido, los cronarcas sugieren que fue redactado por Altea I, la primogénita de Lilith la Revolucionaria. Lo investigo buscando respuestas sobre la justicia social.

Su respuesta despertó mi curiosidad. Me acerqué un poco más, apoyando los codos en la madera.

—¿Justicia social? ¿En qué sentido?

Él esbozó una sonrisa franca que iluminó sus facciones y despertó una insólita fascinación en mí.

—Durante siglos, la dinastía phoinibrunna ha marginado a los descendientes de los Disidentes —explicó—. Sin embargo, analizando la métrica poética con la que Altea relató sus gestas, he descubierto indicios de que su propio linaje se cruzó con ellos. Wilhelm Tegeler, el consorte de la primera princesa, no era el aliado impecable que pinta la historia oficial, sino un oficial disidente abandonado con su tropa en una isla remota y rescatado por la propia Altea en alta mar.

La agudeza de su razonamiento me deslumbró. Sorprendida por la compatibilidad de nuestras búsquedas, respondí con entusiasmo.

—Es fascinante. La sociedad actual ha dado la espalda a la cultura, volviéndose trivial e ignorante, pero resulta esperanzador comprobar que aún hay personas comprometidas con desenredar el pasado. Aunque te parezca una coincidencia extraña, yo también llevo meses investigando un asunto muy cercano al tuyo.

–Ah, ¿sí? —se reclinó sobre el respaldo de la silla sin apartar su mirada de la mía—. Me encantaría escuchar lo que has descubierto.

En ese cruce de miradas comprendí que, entre aquellas paredes de piedra y papel, ambos habíamos encontrado un refugio seguro donde expresar nuestras ideas sin temor a la censura del mundo exterior.

A partir de entonces, las semanas transcurrieron con una ligereza inédita. Comenzamos a sentarnos en la misma mesa y a compartir tanto nuestras inquietudes académicas como el simple placer de la compañía. Reservábamos las primeras horas de la mañana al estudio silencioso, mientras la luz atravesaba las cúpulas translúcidas; durante las pausas, conversábamos de cualquier tema, descubriendo en cada gesto los matices del otro: la forma en que sus dedos manchados de tinta acariciaban los bordes de los manuscritos o el destello cálido que encendía la penumbra de sus ojos gris ceniza cuando se apasionaba con una idea.

Al abrigo de esa complicidad, mis sentimientos hacia él comenzaron a florecer de forma inevitable. Admiraba cada faceta que salía a la luz. No me perturbaban sus sombras ni sus contradicciones; entendía que amar con justicia a alguien implica abrazar la totalidad de su ser, pues es precisamente en esa complejidad donde radica la singularidad de cada individuo.

Una mañana, tras consolidar aquella hermosa amistad, nos cruzamos por casualidad en el umbral de la entrada, tropezando de forma torpe pero inofensiva. Nos miramos de inmediato e intercambiamos una sonrisa tímida. Sin embargo, antes de que pudiéramos articular palabra, una joven nos interrumpió:

—Oye, ¿tú eres quien estuvo hablando el otro día sobre la Revolución de Lilith I? —inquirió ella, dedicándole una mirada coqueta que me dejó rígida en el sitio. En el fondo lo comprendía: él era gentil, abierto y distante a los perjuicios, dispuesto a conversar con cualquiera que se le acercara.

Sintiéndome fuera de lugar y sin saber cómo encajar aquella punzada de incomodidad, me adentré en la Mnemosyndesis sin despedirme. Busqué refugio entre las estanterías, respirando el perfume denso de las viejas cubiertas y pasando los dedos sobre hojas desgastadas por el tiempo y la humedad, intentando recuperar el equilibrio.

De pronto, el crujido de las pesadas puertas rompió el silencio:

—¿Dónde estás?

Era su voz. El corazón se me aceleró en el pecho; el impacto que su presencia provocaba en mí era abrumador. Me sorprendió que hubiese concluido tan pronto su conversación con la muchacha, a menos que yo hubiera deambulado entre las estanterías durante más tiempo de lo que creía.

En ese instante, mis ojos se posaron en un tomo antiguo guardado en el estante frente a mí: la edición conservada del poema épico Beowulf. Una chispa del ingenio me impulsó a crear una clave secreta, un juego concebido solo para nosotros dos.

Desde la oscuridad del pasillo, recité en voz baja pero clara:

—«Primero fui joven y luché contra un monstruo sin igual, y después contra su madre en un combate brutal. Años más tarde, ya rey sin temor, me enfrenté a un dragón… y encontré mi final.»  —Hice una breve pausa para dejar correr las pistas antes de añadir—: «Si sabes quién soy, ya tienes la mitad; búscame donde nacen las palabras del inglés, entre historias antiguas… allí me encontrarás.»

Al concluir la adivinanza, el silencio sagrado del recinto volvió a envolvernos. Escuché el roce discreto de su túnica austera al avanzar apresurado y el sonido de sus pasos sobre la piedra, dilatando el tiempo en la sombra hasta que se detuvo justo frente a mí.

Al alzar la vista, me encontré con la serenidad de sus facciones y una sonrisa franca que iluminó la oscuridad del pasillo. El fuego volcánico de su mirada brillaba con una complicidad radiante. Sin necesidad de articular palabra, supe que aquel juego improvisado se convertiría en un vínculo íntimo y exclusivo, un tesoro compartido que no habría cambiado por nada del mundo.

Los meses volvieron a transcurrir mientras nuestra relación se afianzaba día a día. Convertimos nuestro juego de adivinanzas en un ritual: quien llegaba primero escondía un libro entre las estanterías y planteaba un enigma para que el otro rastreara el edificio hasta encontrarlo. Disfrutábamos de aquella rutina como verdaderos niños, unidos por la pasión compartida que sostenía nuestras vidas: el amor por las letras.

Una tarde, tras dar por concluida la jornada de estudio, apartamos las mesas del centro y nos tendimos sobre el frío suelo de mármol. Desde allí contemplamos la imponente cúpula de cristal de la Mnemosyndesis, mientras la luz cenicienta del ocaso atravesaba el vidrio y dibujaba reflejos dorados sobre nuestros cuerpos en reposo, encendiendo destellos de cobre en mi cabello desplegado y suavizando el paño basto de su túnica austera. Nos envolvió un silencio pleno y sanador, desprovisto de cualquier incomodidad.

De pronto, una palabra acudió a mi mente. Sin apartar la mirada del rosetón de cristal, lo pronuncié en voz alta:

—Hephaibaurgson.

Él se giró de golpe, apoyando el codo sobre el suelo y mirándome con un tono de alarma:

—¿Qué has dicho?

—Hephaibaurgson —repetí con una leve risa, divertida por su gesto de desconcierto—. Es un nombre foinixiano que fusiona términos griegos y góticos. Significa «hijo de la montaña de fuego». Cuando defiendes tus ideas, tus ojos brillan con ese mismo ardor.

Él esbozó una sonrisa intrigada, pero su mirada se volvió inquisitiva.

—Dominas esa lengua con una maestría inusual. Nadie fuera de la alta cúpula académica conoce sus secretos. ¿Cómo es que sabes tanto sobre el foinixiano?

El momento de la verdad había llegado. La angustia me oprimió el pecho, temiendo que revelar mi linaje destruyera la autenticidad de lo que habíamos construido. Él había manifestado en más de una ocasión su aversión hacia el legado de mis antepasadas, las phoinibrunna thiudobasilaj, pero no podía seguir ocultándole mi realidad a la persona que se había convertido en el centro de mi mundo.

Me incorporé despacio, con la vista fija en mis manos, incapaz de sostenerle la mirada:

—Debería habértelo dicho mucho antes, pero el temor me frenaba. La razón por la que conozco el foinixiano es por la educación privilegiada que he recibido. Soy la hija de Temis II. Soy la thiudobasilissa de esta nación.

Un silencio denso cayó entre los dos. Los segundos se dilataron y la incertidumbre amenazó con sofocarme. Sin embargo, tras carraspear levemente, él rompió la tensión con voz pausada:

—Parece que no has sido la única en guardar un secreto.

Alzar la vista fue un acto de valentía. Él también se había incorporado y me miraba con una mezcla de melancolía y resignación; la luz del atardecer perfilaba la firmeza de su mandíbula y el contraste de sus manos largas, marcadas por leves trazos de tinta en los nudillos.

—Mi interés por las crónicas de Altea I no responde solo a un ideal académico sobre los derechos de los Disidentes, sino a mi propia sangre. La familia de mi padre desciende directamente de uno de los tenientes coroneles que combatieron a Lilith I en la Revolución del Fénix. He cargado toda mi vida con la vergüenza de la estirpe proscrita; rechazado por los partidarios del régimen y repudiado por mi propia estirpe debido al matrimonio de mi padre con una Egaliada.

Su confesión me dejó sin aliento. Comprender el peso de sus sombras superaba cualquier perjuicio de bando. Acorté la distancia entre los dos y posé la mano suavemente sobre su hombro, sintiendo la textura de su capa desgastada y reconfortándolo en el silencio.

—Aprecio profundamente tu confianza —expresé con total sinceridad, buscando su mirada mientras deslizaba suavemente la mano desde su hombro—. Seré la thiudobasilissa de esta nación, pero eso no me convierte en el reflejo de mis antepasados. Te has vuelto alguien fundamental en mi vida, y nada de lo que me has dicho va a cambiar lo que siento por ti.

Él sonrió con alivio y melancolía a la vez:

—Lo mismo digo, Gaiasunia.

—¿«Gaiasunia»? —enarqué una ceja con diversión, sin poder contener una leve sonrisa —. ¿«Hija de la tierra»? ¿De dónde ha salido eso?

—Bueno, mientras te miraba, he pensado que ese nombre encajaba contigo por tu…

—¿Sabes qué? Casi prefiero no saberlo —lo interrumpí con una risa suave.

—¡Prometo que no iba a decir nada malo! —protestó con un ademán de fingida indignación que me hizo soltar una carcajada espontánea—. ¿Por qué dudas tanto de mis intenciones?

Mi gesto lo contagió y terminamos riendo juntos, rompiendo por completo la pesadez de nuestras confesiones. Aquellos instantes de ligereza eran el único bálsamo capaz de curar la asfixia que me producían las sesiones del Thiudobasileion.

Poco a poco, las risas se apagaron y nos sumergimos de nuevo en el silencio, mirándonos fijamente. El fuego volcánico de sus ojos se suavizó en una tibia seriedad.

—Me gusta estar contigo —susurré rompiendo la calma, con una voz apenas más alta que un murmullo.

Una pincelada de sorpresa iluminó sus ojos. Un segundo después, su mirada descendió despacio hacia mis labios antes de volver a encontrarse con los míos:

—Y a mí contigo.

No recuerdo si pronunció alguna palabra más. Lo único que quedó grabado a fuego en mi memoria fue la tibieza de nuestro primer beso: un roce suave, dulce e inocente que detuvo el tiempo en el interior del edificio de mármol. Habíamos avanzado sin prisas, construyendo cada peldaño de nuestra historia con paciencia, pero en aquel beso comprendí que la conexión que nos unía desde el primer día era ya indivisible.

Diez años más tarde, tras la formalización de nuestra unión ante el reino, la corte y la familia —con él reconocido al fin como futuro thiudobasilos—, asistimos al funeral de mi padre, cuya vida se había apagado al alba tras un paro cardiorrespiratorio. Aunque el distanciamiento había marcado nuestros últimos años, el afecto permanecía intacto y sentí cómo mi mundo tambaleaba bajo el peso del luto. A mi lado, ataviado con la sobria túnica ceremonial que la ocasión exigía, Hephaibaurgson sostuvo mi mano desde el inicio de los discursos, acariciándola con una suavidad firme que me devolvía el aliento.

Mientras uno de los consejeros de confianza de mi padre rendía un homenaje verbal en el estrado, vi de reojo a otro funcionario inclinarse para murmurar algo al oído de mi madre. Temis II, enfundada en un rígido manto de terciopelo negro y luciendo sobre las sienes la frialdad de su tiara real, se giró hacia mí. Sus ojos, rodeados por las sombras del cansancio y la edad, se clavaron en mi esposo con aborrecimiento antes de musitarme al oído:

—Su presencia es una afrenta para la corte. Sácalo de aquí inmediatamente.

Al escuchar sus palabras, apreté la mano de Hephaibaurgson antes de responder en el mismo tono tajante:

—No.

—¿Cómo que no? —me sujetó del brazo con tal brusquedad que las gemas oscuras de sus anillos se clavaron en mi piel, obligándonos a soltarnos. Sostuve su mirada con abierta hostilidad, aguardando su siguiente movimiento. No tardó en alzar la voz, asegurándose de que la orden resonara ante todos los presentes—: Marchaos de inmediato o responderéis ante la pena máxima.

Obedecí sin vacilar. Volví a tomar la mano de mi pareja para dejarle claro a la thiudobasila que no toleraría ni una sola humillación más, procediera de quien procediera. A los pocos días, comprendí que la única salida digna era abandonar definitivamente el palacio que una vez llamé hogar para edificar una vida propia a su lado.

Poco tiempo después, la vida nos alcanzó con una revelación milagrosa: estaba embarazada. El anuncio encendió en nosotros una dicha indescriptible; al fin, de nuestra unión nacería el fruto más puro y esperado. El tiempo pareció pararse, relegando todo el dolor del pasado a un mero preludio.

Recuerdo mis manos temblando al asumir aquella realidad y la expresión de Hephaibaurgson, en la que se fundían la incredulidad y la luz del gozo verdadero. Nos fundimos en un abrazo silencioso, elocuente en su quietud. Era el principio de una nueva era.

Al cumplirse los nueve meses vino al mundo Castalia, la pequeña que se convirtió en la razón de nuestra existencia durante el tiempo que Ankhastebé nos concediera. Conforme fue creciendo, revelando un cabello castaño iluminado por destellos cobrizos y la misma mirada atenta de su padre, asumimos el compromiso de instruirla en el saber de nuestros ancestros. Frente a la corrupción sistemática que carcomía al Thiudobasileion, resultaba imprescindible que la futura heredera no perpetuara los errores de mi madre, sino que encarnara la voluntad original de Lilith I: la verdadera igualdad de nuestro pueblo.

Durante ese mismo período, y a pesar de las severas contiendas que nos habían distanciado, mi madre y yo logramos una frágil reconciliación. Volví a ocupar mi lugar en las sesiones del Thiudobasileion, reencontrándome con rostros arrugados por el cinismo que habría preferido no volver a contemplar jamás. Sabía que era una apuesta arriesgada, probablemente mi última oportunidad para restaurar el sentido común en la thiudobasila y frenar la deriva corrupta del régimen; por desgracia, el desenlace confirmaría que mi empeño era una ilusión.

Apenas cumplido el decimosegundo natalicio de Castalia, una terrible noticia sacudió a la nación entera y paralizó la agenda del Thiudobasileion: un seísmo devastador había reducido a ruinas la ciudad de Thalassagards occidental. Allí residía parte de la familia paterna de Hephaibaurgson y, pese a las viejas rencillas que los separaban, la catástrofe despertó en el fondo de sus ojos esa llamarada de angustia e inquietud que presagiaba nuestra última gran tormenta.

Decidí volcarme en la defensa de los damnificados, movida por la lealtad a mi esposo y, sobre todo, por el deber elemental de amparar a los supervivientes. Se sucedieron ásperas asambleas bajo las cúpulas del Thiudobasileion, jornadas interminables que terminaban invariablemente en punto muerto. Los consejeros, ataviados con túnicas de seda pesada y brocados ostentosos que delataban su codicia, abogaban sin tapujos por abandonar a la población a su suerte, reacios a malgastar recursos en quienes ellos mismos tachaban despectivamente de «inmundicias». El estancamiento se prolongó hasta que logré, al fin, captar la atención de mi madre.

Me puse en pie para tomar la palabra, encarando la sala y alisando los pliegues de mi vestido con manos firmes:

Thiudobasila, os ruego que consideréis mi propuesta. Durante el reinado de Zoerix, Thalassagards occidental nos abasteció de suministros vitales para sobrevivir a la plaga que amenazó con extinguir a nuestra población. La historia jamás nos brindó la oportunidad de corresponder a semejante acto de generosidad y humanidad… hasta hoy. Como vuestra heredera, afirmo que es nuestro deber moral obrar con la misma nobleza y brindar auxilio inmediato a quienes un día nos salvaron.

Desde mi posición dominante podía escudriñar cada rostro en la cámara. Las miradas de los consejeros fluctuaban entre la indignación reprimida —al ver amenazados sus oscuros intereses— y el hastío manifiesto hacia mi constante oposición. Frente a mí, elevada en su rostro tallado, Temis II me sostenía la mirada; la corona proyectaba frías sombras sobre su frente arrugada y su rostro permanecía sumido en una impasibilidad indescifrable, una máscara vacía de toda emoción.

El silencio se adueñó del recinto, cargando el aire con una tensión sofocante a la espera del veredicto de la soberana. Finalmente, la thiudobasila carraspeó y dictaminó con voz firme, haciendo restallar su anillo contra el apoyabrazos de madera:

—De acuerdo. Que así se haga.

El asombro me dejó helada. En todos mis años de servicio en el consejo, jamás me había concedido el menor crédito, postergando siempre mi criterio en favor de los libertinos que usurpaban los escaños de antiguos y dignos estadistas. Me reincorporé a mi asiento en silencio, observando el desconcierto dibujado en las facciones de los ministros; ni siquiera ellos podían dar crédito a que la reina, habitualmente permeable a su manipulación, hubiera cedido de tan buen grado a mi exigencia.

Tras concluir la sesión, la cámara quedó vacía. Solo permanecieron la thiudobasila —que se masajeaba las sienes en el trono con gesto fatigado mientras el peso de la corona parecía doblegarla— y el más corrupto de los consejeros, el mismo hombre de sonrisa torcida que me brindó aquella grotesca bienvenida mi primer día en el Thiudobasileion. Fui la última en cruzar el umbral y, al girarme en el pasillo, sorprendí a aquel individuo cerrando las pesadas puertas de roble envejecido, dedicándome una sonrisa cínica cargada de triunfo.

Jamás escuché las venenosas palabras que vertió al oído de mi madre en esa privacidad, pero el desenlace no tardó en manifestarse. Al día siguiente, convocada de urgencia por orden directa de la reina a través de ese mismo consejero, comprendí que la trampa se había cerrado sobre mí.

Al entrar en el gran salón, encontré a mi madre de pie junto al alto ventanal, contemplando el horizonte plomizo. Un estridente portazo a mis espaldas hizo que me sobresaltara; el cerrojo echado confirmaba que no se trataba de una audiencia corriente.

—¿Cómo te has atrevido a ocultármelo? —inquirió ella con una rabia contenida, sin volverse.

—¿De qué hablas? —pregunté acusando con desconcierto. La violencia latente en el ambiente sofocaba cualquier intento de serenidad, a menos que…

—¿De verdad pretendes hacerte la desentendida? —Se giró bruscamente, revelando un rostro trastornado por la furia, donde los surcos de la edad parecían afilados por el odio—. Resulta que la familia de tu detestable acompañante reside en Thalassagards occidental. Ahora comprendo la vehemencia con la que defendiste a esos miserables, desautorizando el criterio de nuestros más leales consejeros.

—«¿Leales consejeros»? —La contención saltó por los aires y mi voz vibró de indignación, haciendo eco en las paredes de piedra—. ¿Aún no has comprendido que esos hombres solo buscan manipularte y desmantelar el legado que esta dinastía levantó con tanto dolor? ¿Tan ciega estás que te niegas a ver la realidad?

Apenas terminé de pronunciar aquellas palabras, mi madre cruzó la distancia que nos separaba con una celeridad aterradora, los pesados pliegues de su manto de terciopelo agitándose a su paso, y me agarró la garganta con violencia. Sus dedos, fríos y armados con los gruesos engastes de sus anillos, presionaron con fuerza implacable. El aire se atascó en mi pecho. Mi visión comenzó a cubrirse de puntos oscuros mientras el rostro de la thiudobasila, distorsionado por la ira absolutista, se clavaba en el mío.

—¿Ciega, yo? —siseó con la voz rasgada por el odio—. Lo dice la traidora que ha osado mancillar su sangre entregándose a un engendro de esa estirpe proscrita; una comunidad que debió ser extinguida hace siglos. Eres un veneno para la corona. Corrompes el orden que tu padre y yo cimentamos con sangre, arrastrándolo por el barro al unirte a la escoria.

Apretó con más fuerza, ahogando mi último hilo de aliento, para escupir finalmente:

—Me das asco.

Me soltó de golpe y caí de rodillas sobre el mármol, jadeando angustiada. Un dolor punzante me abrasaba la garganta y me impedía tragar. Alcé la mirada, acariciándome el cuello magullado donde la frialdad de sus anillos había dejado marcas sangrientas, y contemplé a la mujer que un día fue mi refugio. En el abismo que nos separaba dentro de esa sala vi reflejada la ruina irreversible de nuestra relación.

—Me parte el alma ver en qué te has convertido —logré articular, erguirme con la poca dignidad que me quedaba y alisando la tela arrugada de mi túnica—. Te has transformado en una tirana que persigue a la mitad de su pueblo por mero pánico a perder el control. Esta crueldad no nos define, ni a ti ni a nuestra estirpe. Sigue siendo el títere de tus consejeros corruptos; yo me encargaré de honrar la verdadera voluntad de nuestras antepasadas mientras Ankhastebé me dé aliento. Mañana partiré a Thalassagards a cumplir con mi deber.

Me di la vuelta para abandonar aquel lugar infernal, pero el chasquido seco de su voz me petrificó junto a la pesada puerta de roble:

—Ah, ¿sí? Descuida, ya me he adelantado a tus planes. Te he ahorrado el dilema del retorno: desde este preciso instante quedas despojada de tu título de heredera. Será Castalia, el engendro nacido de tu aberración, quien asuma la dignidad real. Yo misma me encargaré de educarla para que sea la siguiente thiudobasila.

Sentí un frío glacial recorriéndome la espina dorsal mientras ella sentenciaba el golpe final con una sonrisa cruel que afilaba las arrugas de su rostro:

—Para cuando regreses de tu periplo, vuestra dulce Castalia estará lista para dar continuidad a mi régimen. ¿Tendrás el valor de llamarla «tirana» a ella también, o tu cobardía te impedirá juzgar a una hija marcada por la sangre repudiada de los Disidentes?

Esta vez el límite se resquebrajó y la furia devoró cada rincón de mi ser. En la clandestinidad de sus despachos, aquel comité de libertinos había urdido el plan para despojarme del trono y, lo que resultaba insoportable, arrebatarme a mi hija para amoldarla a su ideología represiva. Era un ardid despiadado. Desconocía por completo a la mujer que tenía enfrente: la misma que, durante mi infancia, me acunaba por las noches relatándome con devoción la leyenda de Lilith la Revolucionaria.

—¿Cómo te atreves? —murmuré, con las lágrimas consumiéndome las mejillas.

A pesar del llanto, mi voz vibraba con un odio inédito. El amor filial se había extinguido en un instante, dejando tras de sí un pozo de rencor puro.

—¿Podrías repetirlo? —se mofó Temis II, cruzándose de brazos con una mueca de crueldad—. No he logrado escucharte.

—¡¿Cómo te atreves?! —grité fuera de mí.

Arremetí contra ella en un impulso desesperado, pero los guardias me interceptaron antes de que pudiera rozarla. Mientras me arrastraban fuera de la cámara, vislumbré al consejero corrupto en la penumbra del salón, despidiéndome con un ademán burlón y satisfecho.

Una vez expulsada del recinto palaciego, caminé sin rumbo hasta alcanzar la casa que nos había servido de refugio desde la muerte de mi padre. Hephaibaurgson me esperaba en el jardín. Al cruzar nuestras miradas, no pude contener el llanto y me arrojé a sus brazos. Él era mi amparo absoluto; existía entre los dos una sintonía casi sobrenatural, de silencios comprendidos y pensamientos compartidos.

Permanecimos abrazados largo rato. Él besaba mi frente con ternura, aplicando el remedio paciente que mejor conocía para serenarme. Cuando logré recobrar el aliento, nos adentramos en la casa y le relaté lo sucedido: la trampa orquestada en el Thiudobasileion, la frialdad de mi madre y la mirada triunfante que me dedicó al verme expulsada.

—Hemos fracasado —concluí con la vista fija en el suelo, abrumada por la culpa.

Él se inclinó y me tomó suavemente de la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada.

—Lo hemos intentado todo —dijo con firmeza—. Tú has arriesgado tu posición, sometiéndote a la corrupción de ese consejo solo por defender a mi pueblo y la verdad. Eres valiente, Gaiasunia. Tu coraje me da fuerzas para no rendirme y para exponer la degradación de este régimen ante el mundo. Esto no ha terminado.

Hephaibaurgson solía ser esquivo con la mirada, reteniendo aún esa timidez inocente del primer día en la Mnemosyndesis. Sin embargo, en aquel instante sostuvo el contacto visual sin parpadear. Me quedé absorta en la llama de sus ojos, ese tono gris ceniza encendido por la llamarada dorada que tanto me había fascinado siempre.

—Sí que ha terminado —lamenté, sintiendo que la visión se me volvía a nublar—. Castalia quedará bajo la tutela de mi madre, expuesta a sus doctrinas oscuras. No podemos…

—No —me interrumpió con convicción suave pero inquebrantable—. Castalia es nuestra esperanza. Desde que nació le hemos transmitido la verdad de sus antepasadas, las enseñanzas de Lilith I y Altea I. Es una niña lúcida y gentil; sabrá discernir la luz entre las sombras.

Al alba, antes de partir hacia el puerto, nos despedimos de nuestra hija. La pequeña estalló en sollozos y se aferró a nuestros cuellos como si pudiera detener el tiempo. Para reconfortarla, le entregamos los valiosos volúmenes en los que aprendió a leer: los textos de las phoinibrunna thiudobasilaj, la verdadera brújula que Lilith I concibió para la igualdad de nuestro pueblo.

Separarnos de Castalia y abandonar la casa donde habíamos construido nuestra felicidad fue una prueba desgarradora. La niña permanecería allí, bajo el cuidado de sus abuelos paternos, hasta que la escolta real acudiera a reclamarla. Sabía que el palacio la aterraba; cuando tuvo edad para comprenderlo, le revelamos los sacrificios y el origen de nuestra unión. El miedo habitaba en sus ojos, pero sabíamos que en sus venas latía la misma fortaleza y entereza que nos había sostenido a nosotros.

Durante el trayecto hacia el puerto caminamos entrelazando nuestras manos, renovando el gesto tácito que nos había sostenido a través de los años: la promesa de avanzar juntos, impasibles ante cualquier adversidad. Al alcanzar los muelles, nos vimos obligados a alzar la vista para contemplar la imponente embarcación que la thiudobasila había reservado para nuestra expedición. Tras unos instantes admirando la magnitud de aquella mole de madera y velamen, nos cruzamos una mirada de serena complicidad. Sabíamos que nos embarcábamos en una empresa titánica, quizás uno de los mayores desafíos colectivos de la historia reciente.

Sin embargo, entregar nuestras vidas a esa causa justificaba cualquier riesgo. Jamás me arrepentiré de la elección tomada, aun cuando el tributo exigido fuera el más doloroso para quienes miden la existencia en títulos y coronas. A cambio del trono, yo gané una riqueza infinitamente mayor: el amor incondicional de un hombre extraordinario, una hija que encarnaba el propósito de mi existencia y un espacio propio donde ser plenamente auténtica junto a los míos.

Renuncié al trono por lealtad a mi familia y por rigor moral hacia un pueblo devastado por el seísmo, víctima a su vez de la vileza de quienes ostentaban el poder para salvarlos. Ejercer la soberanía no consiste en aplastar a los tuyos para perpetuar un privilegio, sino en constituir un escudo firme frente a las tempestades del destino. Esa era la verdad que me disponía a demostrar al mundo, hombro con hombro con el hombre que encendió esta revolución en mi alma: Hephaibaurgson.