El abuelo yacía en la cama, rodeado de cables y tubos; su piel pálida era casi indistinguible de las sábanas blancas. Hacía días que no abría los ojos. La enfermedad había borrado casi todo lo que fue: los nombres, los lugares, los rostros. El poco tiempo que le quedaba parecía vivirlo en otra realidad.
Giuliana se había quedado de pie junto a la puerta de la habitación del hospital, mirándolo, pero sin atreverse a entrar.
—Entra y háblale, mi amor, si no después te vas a arrepentir —le dijo su madre con voz temblorosa.
La chica asintió. Caminó hasta la cama sin hacer ruido, como si el más leve sonido pudiera romper lo poco que le quedaba a su querido abuelo.
—Hola Nono… soy yo, Giuli —murmuró, sentándose junto a él—. Vine a despedirme.
Le tomó la mano, tibia aún, frágil, y cerró los ojos para contener las lágrimas.
—No sé si podés oírme… pero quería darte las gracias. Por los cuentos antes de dormir, por enseñarme a hacer barquitos de papel… por cada cosa que hiciste… incluso cuando ya no sabías quién era yo. Yo sí te recuerdo, abuelo. Y nunca voy a olvidarte.
En ese instante, algo se movió.
Primero, un leve parpadeo. Luego, los ojos del abuelo se entreabrieron. Su mirada vagó un momento por el techo, luego giró… y se posó directamente en Giuliana.
—¿Giuliana? —su voz era apenas un hilo de aire, pero el nombre sonó como una campana en el corazón de la chica.
—¡Abuelo! —susurró, con un nudo en la garganta.
Con una sonrisa débil, como si reconociera su voz desde muy lejos, el anciano murmuró algo. Tres palabras, tal vez cuatro.
Fue un milagro. El tipo de milagro que no sabés si se va a repetir alguna vez en la vida.
Pero Giuliana nunca supo cuáles fueron esas palabras. Justo en ese momento, empezó a escuchar en su cabeza una voz que provenia del chip neural en su cabeza y tapó cualquier otro sonido:
“Eldara Realms es un mundo de rol abierto y sin rutas fijas, donde cada jugador escribe su historia. Explorá cinco regiones con ecosistemas únicos y criaturas dinámicas. Todo lo que hacés impacta en el entorno compartido…”
Cinco minutos. Eso duró la publicidad completa. Con narración, efectos, música de fondo y promesas de aventura.
Cuando se apagó y volvió el silencio, el abuelo ya no estaba en este mundo.


