Una fuerte lluvia se apodera del campamento, los sonidos de los soldados caminando en charcos de lodo se pueden escuchar. Los truenos son notables, Milan permanece acostado en un un catre de madera, una manta de lana, mientras que Serra duerme sentada en el piso y recostada de la carpa. Milan se sienta, como aquel que no puede dormir, todabia pensando en aquellos soldados que perdieron la vida, sospechando magia negra. La verdad es que un dia atras, Katizi y Nivek fueron testigos de aquel momento que tormenta a Milan.
Nivek y Katizi avanzaban en silencio por el bosque, con las ramas crujiendo bajo sus botas. El aire y el humo se sentian como fuego lejano. Katizi iba delante, sin mirar atrás. Nivek la seguía, inquieto.
—Tengo que decirte la verdadera razón por la que estaba en aquella colina —dijo Nivek, esforzándose por alcanzarla.
Katizi mantenía los ojos recorriendo el bosque. No respondió. Pasaron unos segundos antes de que hablara por fin.
—No me importa. Quizás a Molava sí, pero a mí no. Estoy acostumbrada a los desconocidos. Además… ya estás en la boca del lobo.
Había algo frío en su voz, algo que no necesitaba espadas para ser filoso.
Nivek dio un paso más cerca, arrastrado por la curiosidad.
—Seria bueno seguir mi camino.
Katizi parecía aburrida. Se giró hacia él, deteniéndose en seco. Durante un momento se quedaron en silencio, observándose como rivales que aún no habían elegido sus armas.
—Este año Nivek por favor. —Dice Katizi al fin.
Nivek confundido.
Ella se dio la vuelta y siguió caminando, rozando con el borde de su abrigo las hojas del suelo.
—Veo que esto es normal para ti, una mujer que no pierde nada.—murmuró Nivek entre dientes.
Katizi se detuvo.
—Vete.
Nivek se detiene.
—No me mires como a una idiota —escupió ella—. Vete. Aprovecha este momento para alejarte lo más posible de aquí. Yo vuelvo atrás.
Nivek abrió la boca para responder, pero ella le hizo un gesto para que guardara silencio.
Él se quedó helado.
Katizi le lanzó su cuchillo: cayó a sus pies con un golpe sordo. Nivek lo recogió, ahora alerta. Fue entonces cuando entendió.
No estaban solos.
Las flechas rasgaron el aire, silbando la muerte.
Nivek y Katizi se lanzaron tras los árboles justo cuando diez hombres con armaduras irrumpieron de entre los matorrales. Llevaban las espadas desenvainadas, y sus cascos, los rostros cubiertos, la guerra escrita en sus ojos.
Nivek se adelanta hacia adelante. Cortó el brazo de un atacante y derribó a otro de una patada, pero un tercero lo golpeó con la empuñadura de su arma, haciéndolo retroceder tambaleante.
Uno de los soldados se acercó a Katizi.
Demasiado cerca.
Katizi sacó de su cinturón una pequeña bolsa y lanzó un fino polvo negro al rostro del hombre.
Él gritó.
Se arañaba los ojos.
La carne se le derretía. Humo salía bajo su casco mientras se retorcía en el suelo.
Los demás se detuvieron.
Miraron.
Vieron cómo su compañero se deshacía sobre sí mismo, quemándose desde dentro. El horror se marcaba en cada gesto de sus rostros.
—Bruja —murmuró uno.
Tres cargaron contra ella.
Nivek derribó a uno contra la tierra, apenas logrando impedir que los otros dos la alcanzaran.
Katizi metió la mano de nuevo en su bolsa. Otro puñado de polvo salió volando por el aire. Atrapó a dos soldados a mitad de carrera.
Ellos gritaron, corrieron como si estubieran presente en el mismo infierno.
Su piel se desprendía como si el fuego los lamiera desde dentro, aunque ninguna llama los tocara.
Los demás observaron cómo sus camaradas se desplomaban, convulsionando y sollozando contra la tierra… hasta que no quedó más que ceniza. Solo la armadura recordaba que alguna vez habían sido hombres.
Katizi se quedó inmóvil, respirando con fuerza.
Sus pupilas, negras.
Los soldados huyeron despavoridos, Nivek los miró desaparecer entre los árboles. Pero algo mas le llama la atencion a Katizi, ella corre con mucha prisa hacia la choza
Llegaron a la chiza hora minutos despues, O lo que quedaba de ella.
Las llamas habían devorado las paredes de madera. Humo se alzaba del techo derrumbado. El aire olía a cuero chamuscado y ceniza. Katizi se quedó quieta, contemplando la ruina. Nivek avanzó con cuidado entre los restos ennegrecidos.
—Tus amigas no están, se las llevaron —dijo, revisando el suelo—. Todo está quemado, pero… no hay cuerpos. Eso significa que siguen vivos. Pero allá… —señaló un parche de tierra empapado en sangre— alguien resultó gravemente herido… o decapitado.
Katizi no respondió. Sus ojos se alzaron al cielo.
—Se acerca una tormenta —susurró—. Está cerca.
Nivek levantó la vista.
—No veo ni una nube. El cielo está despejado. El sol se pondrá pronto. Cerca de Fondeur hay varios campamentos el más próximo está antes de la noche, seguro que allí los llevaron.
Katizi no se movió. Apretó la mandíbula.
—Venían por ti. Y ahora se han llevado a mis amigos. Por tu culpa.
Nivek no respondió. El peso de la culpa lo hizo callar. Katizi se volvió bruscamente y se alejó de él.
Él la siguió.
—No pensarás rescatarlos tú sola.
Ella no dijo nada.
—Ni siquiera sabes si están en ese campamento. Y si descubren que es una bruja… —hizo una pausa— …la matarán.
Katizi se detuvo. Su voz era acero frío.—Primero: no me hables de cosas que no te conciernen. Segundo: esta es la despedida, no quiero volver a ver tu cara.
Nivek se acercó.
—Al menos déjame ir contigo. Tienes razón… esto es culpa mía.
Katizi no lo miró.
—Estas libre de toda culpa, agradécemelo desapareciendo.
Aun así, Nivek la siguió.
Katizi se volvió contra él, furiosa.
—Es la última vez que te advierto.
Él sostuvo su mirada.
—Tu forma de luchar no me asusta.
—La tuya si idiota —añadió, suavizando la voz—. Si así es como te proteges… tal vez deberías acabar con tu propia vida. Peleas como una princesa en un duelo de muñecas.
Ella se alejó con pasos furiosos. Nivek no se detuvo.
—Eran soldados entrenados. Yo no soy uno de ellos.
Katizi giró un poco la cabeza.
—¿Ah, no? ¿No eres un soldado? Qué sorpresa Nivek.
Él sonrió con amargura.
El sonido de armaduras alerta a los chicos, Katizi mira su alrededor, y se pierde en el bosque junto a Nivek.


