Todos se inclinan mirando hacia el fondo del pozo. Palermo y Daniel están abajo.
El sonido del agua es violenta, como si las olas golpearan las paredes.
—¡Palermo, por Dios! —grita Gerónimo, nervioso—. ¡No te le subas encima, lo vas a ahogar!
Polak observa con los brazos cruzados.
—Pobre muchacho —dice con tono seco—. De seguro está bebiendo agua. Digo… si acaso se le puede llamar agua.
Paul, con una sonrisa sardónica, agrega:
—Lo bueno es que sigue vivo. Mira cómo suben las burbujas.
Marla, más atenta, murmura:
—Si no me equivoco… se está ahogando.
Paul se gira hacia ella.
—No seas ridícula. El ano es suficientemente grande como para que entre su cabeza y sirva como oxígeno.
Marla lo mira con asco.
—Exageras Paul.
—No miento —insiste él—. Si una vaca saca su cría de su culo, Daniel se compara con un conejo si entra en el ano del gordo.
Gerónimo sigue preocupado por lo que ocurre dentro del pozo.
—¡Palermo! Déjate poner la soga, hijo, es para ayudarte —suplica Geronimo.
Los demás lo miran en silencio. Gerónimo intenta justificarlo.
—Está nervioso, ese es el problema —dice, sudando.
Santos suelta una carcajada.
—Ah, ahora entiendo. Por un momento pensé que era un retardado.
Paul asiente con ironía.
—Se le puede poner como sinónimo.
Mario interviene tratando de calmar las cosas.
—No se preocupe, Gerónimo. El chico es obeso; de seguro se cansa rápido, y el joven Daniel podrá amarrarlo.
Santos comenta:
—Espero que lo que queda del muchacho pueda hacer el trabajo.
Polak ríe bajo.
—Es tan tierno como un cordero sin cerebro. El gordo limpia las paredes con él.
Gerónimo insiste, cada vez más alterado.
—¡Palermo, deja el juego! ¡No lo sobes contra las paredes, le vas a arruinar la cara, suéltalo!
Marla observa atenta.
—Creo que se le quedó un diente pegado en la pared —dice, sobresaltada.
Santos se asoma con curiosidad.
—¿Diente? No lo creo… pero sea lo que sea, se lo hicieron probar.
Paul niega.
—Eso ya estaba ahí.
Marla no se rinde.
—Para nada. Desde que Palermo lo chocó contra la pared, quedó esa marca.
Mario se ajusta los lentes y se inclina para ver mejor.
—Creo que es un bicho escondido en la pared. Si notan, se está moviendo.
Todos se acercan. Daniel sigue forcejeando con Palermo dentro del pozo.
—Sí, tiene razón —dice Santos—. Una especie de lombriz blanca.
—¿Lo sacó de la boca? —pregunta Marla.
Polak ríe.
—Tal vez del culo, si usted me pregunta.
—¡Hemorroides! —dice Santos, provocando una carcajada seca de Mario.
—La lombriz no tiene que ver nada con eso, señor Santos —responde Mario, divertido.
Polak señala la cuerda.
—Ya lo tiene amarrado. Debemos jalarlo.
Todos comienzan a tirar de la soga y logran sacar a Palermo y a Daniel del pozo.
Ya de noche, Daniel permanece su lugar, leyendo un libro. El día fue agotador y decide quedarse en casa. Está en la primera planta, recostado en uno de los sillones.
Marla entra con un plato entre las manos. Daniel mira hacia atrás, pero enseguida vuelve a su lectura. Ella deja el plato sobre uno de los sillones de madera y se acerca a él.
—Decidí venir —dice Marla—. Ya estábamos cerrando y vi que no pasaste por la cafetería.
Daniel responde con desgano:
—No tengo apetito.
—¿Acaso te quieres llevar de tu cuerpo muchacho? —replica ella, cruzando los brazos—. Nuestras emociones no comen, pero tú sí. Ellas están dispuestas a salir sin alimento, pero tu estómago no te lo perdonaría.
Daniel sigue en silencio, mirando las páginas.
—Ese libro lo traes contigo a todos lados —continúa Marla—. No me digas que no lo has terminado… a menos que quieras memorizarlo.
Daniel no responde.
—Entiendo —dice ella, bajando la voz—. Fue un día pesado, y más para ti. Pero no tienes por qué quedarte Daniel. Todos los días quieres irte, pero sigues aquí.
Marla traga saliva, conteniendo algo que no sabe si decir.
—No sé los demás, pero yo soy una de esas personas que no quiere que te vayas.
Daniel levanta la mirada.
—No tengo idea, tampoco tengo vida en la ciudad. No me conozco de hace tiempo. Declara Daniel.
Marla sonríe con ternura.
—A mí no me engañas Daniel. Es bonito vivir en un sueño, pero la realidad lo convierte en pesadilla.
Daniel se queda pensativo.
—Es muy temprano para saber qué buscas aquí —añade ella—. Dale tiempo, tu mismo te quieres engañar.
Marla sale del cuarto. Daniel observa el plato, suspira y, con desgano, empieza a comer, como quien lo hace por obligación más que por hambre. Daniel sube a su cuarto, y duerme como aquel que lo necesita.
Muy temprano, Daniel baja de su cuarto. El sol brilla sobre un cielo despejado.Afuera, encuentra a Polak montado en su caballo, justo frente a su puerta.El hombre levanta el sombrero en señal de saludo.
—Buen día muchacho.
—Señor Polak —responde Daniel, sonriendo débilmente.
—Vine a saber de ti —dice Polak—, por si acaso te quedan huesos. Después de cómo la bola de grasa te usó, parecía que te pasaron por una plancha de ropa.
Daniel solo sonríe, apagado. Polak lo nota, el silencio se hace presente por unos segundos, Polak mira para todos lados, mirando su alrededor, como si a perdido las palabras, el regresa su mirada hacia Daniel, como aquel que esconde algo, pero que tiene la oportunidad de decir un secreto.
—Recuerdo aquel día —empieza a decir—, cuando tuve que entrar a una letrina para salvar a un niño. Duré una semana con la peste encima. Mi mujer me despreciaba, mis hijos también. Hasta me decían que mi boca olía a mierda. Una mala reputación muchacho, era joven, sin nada que ofrecer, solo la valentía de salvar una vida inocente. Pero claro, eso no ayudó mi causa, empeoró mi persona.
Polak se queda pensativo un instante.
—Me importaba mucho lo que pensaba la gene, y la mejor opcion seria en ese tiempo irme de ese lugar, talvez dejarian de llamarme “Polak el cagado”.
Daniel lo escucha con atención, sin interrumpir.
—No sé qué hubiera sido si me hubiera ido —continúa Polak—, pero sí sé lo que habría pasado si me hubiese quedado.
Polak señala la medalla en su pecho, sonríe y le da un leve toque a su sombrero, y luego a las riendas.
—. A veces los caminos sucios son los únicos que llevan a donde uno pertenece .Si solo conoces los pasos finos, nunca aprenderás a levantarte cuando caigas.
Daniel asiente, pensativo. Polak sonríe y cabalga alejándose, mientras el polvo se levanta en el aire. Daniel observa su figura perderse en el camino.
La historia de Polak le deja una idea clara: seguir los sueños puede oler mal al principio, pero siempre vale la pena esperar. Daniel respira el aire fresco del día, y comienza a caminar hacia el pueblo.


