Capitulo 04: Usak

Base de Operaciones de la F.E.E.R “Seibom”

Ciudad de Orionon — Continente de Armins

Planeta Excarla — República de los Dioses

Días después

La semana y media que siguió a la asignación tuvo una estructura que Katska tardó tres días en reconocer como tal.

Era distinto al horario rígido de la Academia Kiela — aquello había sido otra cosa, un tiempo medido en clases y evaluaciones y la presión constante de demostrar algo a alguien. Esto era el ritmo específico de una unidad nueva encontrando sus propios tiempos — cuándo empezar, cuándo parar, cuándo el silencio entre dos personas era cansancio y cuándo era algo que todavía no tenía nombre.

Los entrenamientos ocupaban las mañanas. Las tardes eran más variables — sesiones de revisión táctica, mantenimiento de los cazas, tiempo que el Oberkomdan Soris llamaba consolidación de unidad en los informes y que en la práctica significaba que los seis pilotos del Usak tenían que aprender a existir en el mismo espacio sin que eso fuera un problema operativo.

Katska lo había observado durante los primeros días como observaba todo — en silencio, desde los bordes, catalogando.

Lo que había catalogado no era sencillo de resumir.

El hangar secundario a las siete de la mañana tenía una luz particular — baja, lateral, entrando por las ventanas del este con ese ángulo que hacía que los cazas proyectaran sombras largas sobre el suelo de metal. Katska llegaba siempre antes que los demás. No por disciplina exactamente sino porque el hangar vacío tenía algo que el resto de la base no tenía — la calidad específica de un espacio que todavía no había sido reclamado por el día.

Esa mañana Aldric Voss llegó segundo.

Era inusual. Voss era puntual en los entrenamientos formales pero no era del tipo que llegaba antes de tiempo a ningún lugar. Katska lo notó desde el otro lado del hangar — entró con la chaqueta del uniforme mal abrochada en el segundo botón, algo que en cualquier otro contexto sería un detalle menor y que en Voss, que era meticuloso hasta el punto de la rigidez, decía que había dormido mal o no había dormido del todo.

Ninguno de los dos dijo nada.

Se instaló junto a su Alarion y empezó la revisión pre-entrenamiento con los movimientos automáticos de alguien que no necesita pensar para hacerlo. Katska volvió a su propio panel.

Durante quince minutos no hubo conversación.

Luego Voss dijo, sin levantar la vista del actuador que estaba inspeccionando:

—Escuché que movieron el contingente del Sector Siete al norte.

Katska no respondió de inmediato.

—¿Fuente? — dijo finalmente.

—Krim. Que lo escuchó de uno de los técnicos de comunicaciones del turno nocturno.

—O sea que Krim escuchó sin querer otra vez.

—Krim escucha sin querer con una frecuencia estadísticamente improbable — dijo Voss, con una sequedad que Katska no le había escuchado antes.

Algo se aflojó levemente en el ambiente del hangar.

—¿Qué más decía? — preguntó ella.

—Que el contingente salió hace cuatro días. Sin anuncio oficial. — Voss bajó la mano del actuador y miró el caza con esa expresión suya de calcular algo que todavía no tiene todos los datos. — Si movieron el Sector Siete al norte, el frente norte está peor de lo que están diciendo.

Katska ya lo sabía. Lo había calculado desde la semana anterior con la información fragmentada que circulaba por la base en forma de rumores y silencios estratégicos y el segundo que el Oberkomdan Drakis tardaba de más en responder ciertas preguntas.

—Sigue revisando el actuador — dijo.

Voss la miró un momento. Luego volvió al trabajo.

Era su forma de decirle que lo había escuchado, que no iba a ignorarlo, y que tampoco era el momento de seguir tirando del hilo — más que una respuesta directa a lo que había dicho. Voss lo procesó en silencio, que era su forma de procesar casi todo, y no volvió a mencionarlo.

Eso también era información.

El entrenamiento de esa mañana era combate simulado en pares — no con sistemas de armas activos sino con telemetría de posicionamiento, lo que significaba que cada piloto podía ver exactamente dónde estaba el otro en el espacio y que un algoritmo del sistema de la base registraba quién habría tenido el ángulo de disparo en cada momento.

Era lo más cercano a combate real que podían hacer sobre la atmósfera de Excarla sin autorización de zona activa, aunque no lo fuera del todo.

Katska había emparejado los pares deliberadamente — Herza con Arvik, Voss con Solen, ella misma con Krim. Era un emparejamiento poco obvio, pero con una lógica que no había explicado en voz alta porque no era necesario explicarla.

Herza con Arvik porque Arvik era la incógnita del escuadrón y Herza era la persona con mejor capacidad de leer a un piloto desconocido en tiempo real. Si alguien podía darle un informe útil sobre Lenna Arvik después de cuarenta minutos de combate simulado, era él.

Voss con Solen porque los dos eran metódicos y precisos y el entrenamiento entre ellos iba a ser como ver dos versiones distintas del mismo tipo de piloto — útil para entender dónde terminaba la metodología y empezaba la creatividad, o la falta de ella.

Ella con Krim porque Krim era el problema más inmediato del escuadrón y era su responsabilidad entenderlo directamente, no a través de informes.

Theodas Krim en combate simulado era exactamente lo que había calculado y también algo que no había calculado del todo.

Lo que había calculado: la velocidad de reacción compensando el nerviosismo, la tendencia a corregir de forma reactiva en lugar de anticipatoria, la dificultad con el eje vertical que ya había notado en el primer vuelo.

Lo que no había calculado: que era creativo.

De una forma irregular, casi accidental — muy distinta a la creatividad analítica de Arvik, que parecía proceder de un cálculo rápido de variables. Aparecía cuando Krim dejaba de pensar conscientemente y actuaba por instinto. En tres de los seis intercambios simulados de la sesión hizo algo que Katska no anticipó, y en dos de esos tres el algoritmo registró que habría tenido el ángulo de disparo.

Aterrizaron después de cuarenta y dos minutos. Katska se quitó el casco en la pista y esperó a que Krim bajara de su caza.

—Usak Tres — dijo.

Krim se acercó con la expresión de quien no sabe exactamente qué viene pero ha aprendido que cuando la líder del escuadrón usa el identificador de radio en tierra generalmente es algo que requiere atención.

—Las correcciones reactivas en el eje — dijo Katska. — Tercer intercambio, cuarto intercambio. ¿Las notaste?

—Sí. — Una pausa. — No las pude evitar en el momento.

—Lo sé. — Katska miró el Alarion de Krim brevemente y luego volvió a él. — Los intercambios dos, cinco y seis. ¿Qué hiciste diferente?

Krim procesó eso. Era una pregunta que claramente no esperaba.

—No lo sé — dijo finalmente. — Solo… reaccioné.

—Exactamente. — Katska sostuvo el casco bajo el brazo. — Cuando dejaste de pensar en el eje vertical, dejó de ser un problema. El objetivo no es corregir el error. El objetivo es no tener que corregirlo porque ya no está ahí.

Krim la miró con la expresión de alguien que acaba de escuchar algo que ya sabía de alguna forma pero que necesitaba que alguien más lo dijera en voz alta.

—¿Cómo se hace eso? — preguntó.

—Volando — dijo Katska. — No hay otro método.

El mediodía en la Seibom tenía su propio ritmo.

El comedor a las doce horas era ruidoso de una forma diferente al desayuno — más energía, más conversación cruzada, el tipo de volumen que produce gente que ha estado concentrada en algo físico durante horas y necesita soltar presión de alguna forma. Los pilotos del Usak ocupaban la misma mesa de siempre, que en algún punto de la semana anterior había dejado de ser la mesa donde se sientan y había empezado a ser simplemente su mesa, sin que nadie lo hubiera decidido formalmente.

Eso era una señal. Pequeña, pero real.

Lenna Arvik llegó última, como era su costumbre, y se sentó en el extremo de la mesa con la bandeja y un libro delgado de pasta verde que puso junto al plato con la naturalidad de quien no espera que nadie le pregunte al respecto.

Herza le preguntó al respecto.

—¿Qué es? — dijo, con el tono casual que usaba cuando la pregunta no era casual.

Arvik lo miró. Tenía esa forma particular de mirar a la gente — directa, sin el segundo de evaluación que la mayoría de las personas usaba antes de responder, como si hubiera tomado la decisión sobre el interlocutor antes de que abriera la boca.

—Historia de la campaña de Aris occidental — dijo. — Segunda guerra de los primeros años del conflicto.

—¿Por elección propia?

—¿Hay otra forma?

Herza consideró eso.

—La mayoría de la gente en una base militar no lee historia militar por placer — dijo.

—La mayoría de la gente en una base militar no analiza los patrones de cobertura aérea de conflictos pasados para entender qué va a pasar en los próximos seis meses — respondió Arvik, con la misma inflexión plana de siempre. — Yo sí.

El silencio breve que siguió era del tipo que produce una respuesta que nadie esperaba exactamente en esos términos.

Katska, que había estado escuchando sin participar, bebió de su taza.

Mira Solen, al otro lado de la mesa, miró a Arvik con algo que en ella era lo más cercano a interés visible.

Theodas Krim dijo:

—¿Y qué va a pasar en los próximos seis meses?

Arvik lo miró.

—Nada bueno para el Sector Norte — dijo, y abrió el libro.

La tarde libre tenía esa calidad particular de los tiempos no estructurados dentro de una estructura militar — no era descanso real porque la base seguía siendo la base, pero era la versión más cercana a ello que el contexto permitía. Algunos pilotos del contingente general usaban esas horas para escribir mensajes a sus familias en los terminales de comunicación del edificio administrativo. Otros dormían. Otros encontraban los espacios menos transitados de la base y hacían lo que fuera que necesitaban hacer solos.

Katska usó la primera hora en la biblioteca técnica.

Esta vez sacó los registros de operaciones tácticas del Sector Norte de los últimos dos años — versión desclasificada, que era la única versión disponible para su rango, lo que significaba que tenía más huecos que información pero que los huecos en sí mismos decían algo sobre lo que estaban ocultando. El manual de fonética exquemana ya lo había avanzado lo suficiente como para no necesitarlo, y el siguiente nivel requería un texto que todavía no había conseguido.

Leyó durante cincuenta minutos.

Cuando salió de la biblioteca el sol de Excarla estaba en el ángulo de media tarde que hacía que los hangares proyectaran sombras cortas y que el calor del asfalto subiera en ondas visibles. Herza estaba sentado en uno de los bancos del patio exterior con las piernas extendidas y los ojos cerrados, lo que en él no significaba que estuviera dormido sino que estaba haciendo la versión que él tenía de no pensar en nada, que en realidad era pensar en algo específico sin interferencia.

Katska se sentó a su lado.

Durante un momento ninguno dijo nada. El patio estaba casi vacío — dos técnicos cruzando hacia el hangar norte, una figura lejana en la pista de entrenamiento físico.

—Arvik — dijo Herza, sin abrir los ojos.

—Sí.

—Es mejor de lo que parece en los simuladores.

—Lo sé. ¿Qué más?

—Lee las intenciones del otro piloto antes de que las ejecute. No sé cómo todavía. — Una pausa. — Me costó tres intercambios entender el patrón y cuando lo entendí ya había cambiado.

Katska procesó eso.

—¿Ganaste o perdiste?

—El algoritmo registró cuatro a tres a mi favor. — Herza abrió los ojos y miró el cielo de Excarla con la expresión de alguien que no está completamente satisfecho con ese resultado. — Pero dos de mis cuatro fueron por margen mínimo. Los suyos tres fueron limpios.

—Bien — dijo Katska.

—¿Bien que casi me gana o bien que es buena piloto?

—Las dos cosas son lo mismo.

Herza cerró los ojos otra vez.

El sol de Excarla siguió cayendo sobre el patio con esa luz de media tarde que no tenía urgencia, y por un momento la guerra que se acercaba desde el Sector Norte quedó exactamente donde estaba — cerca, pero todavía no aquí.

La noche en la Seibom llegaba rápido, como todo en Excarla.

A las veinte horas el comedor tenía una versión nocturna de sí mismo — menos gente, más espacios vacíos entre las mesas, el tipo de ambiente que produce una base cuando la mayoría de sus ocupantes ya terminaron el día y los que quedan son los que no pueden o no quieren terminar el suyo todavía.

Los seis pilotos del Usak terminaron sentados en la misma mesa sin haberlo planeado.

Ya había pasado antes, pero era la primera vez que Katska lo notó como patrón en lugar de como coincidencia. Alguien había llegado primero — Krim, probablemente, que tenía el hábito de cenar tarde — y los demás habían aparecido en distintos momentos y habían ido a la misma mesa con la naturalidad de lo que ya es costumbre aunque todavía no tenga ese nombre.

La conversación era más suelta que en el almuerzo. Tenía que ver con algo más difícil de nombrar, más que con el horario — el tipo de soltura que produce haber pasado un día entero en el mismo espacio haciendo cosas que importan, y llegar al final de ese día todavía siendo las mismas personas.

Theodas Krim estaba explicando algo sobre los sistemas de telemetría del simulador con un nivel de detalle técnico que claramente excedía el interés de su audiencia, pero lo hacía con tanta energía que nadie lo interrumpía.

Aldric Voss escuchaba con la expresión de quien procesa información aunque no le sea útil, que era básicamente su expresión para todo.

Mira Solen comía en silencio pero con la atención ligeramente orientada hacia Krim, lo que en ella era equivalente a participación activa.

Lenna Arvik tenía el libro de pasta verde abierto junto al plato pero no lo estaba leyendo.

Herza, a la derecha de Katska, había encontrado algo gracioso en lo que decía Krim que no iba a admitir en voz alta pero que se filtraba en la comisura izquierda de su expresión de todas formas.

Katska los miró a todos durante un momento — no con la atención metódica de catalogar sino con algo más quieto, más sin nombre.

Seis personas que hace dos semanas no existían como unidad.

Que en dos semanas más iban a ir al frente.

Krim terminó su explicación sobre los sistemas de telemetría con un gesto amplio que casi derribó su taza y que no derribó por margen mínimo.

—El punto es — dijo, como si hubiera un punto que hubiera estado construyendo todo ese tiempo — que el algoritmo tiene un sesgo hacia las maniobras de eje horizontal. Si lo sabes, puedes usarlo.

—Estamos entrenando para combate real — dijo Voss, con esa sequedad nueva que Katska había notado esa mañana en el hangar. — No para ganarle al algoritmo.

—Puedes hacer las dos cosas.

—No deberías querer hacer las dos cosas.

Krim lo miró. Voss lo miró. Era el tipo de intercambio que en otro contexto podría volverse algo, pero que en este contexto se quedó exactamente donde estaba — dos personas con formas distintas de pensar el mismo problema, ninguna completamente equivocada.

—Voss tiene razón — dijo Katska, sin énfasis particular.

Krim procesó eso con la expresión de quien acepta una corrección sin que eso cambie su opinión de fondo.

—Sí — dijo. — Pero el sesgo sigue siendo real.

—Sí — acordó Katska. — Y cuando tengamos tiempo lo documentamos y lo reportamos a los técnicos de simulación.

Una pausa.

—¿En serio? — dijo Krim.

—Si el sesgo es real y sistemático, afecta el entrenamiento de todas las unidades que usan ese simulador. — Katska bebió de su taza. — Así que sí.

Krim tuvo la expresión de alguien que acaba de descubrir que la observación que había hecho por curiosidad técnica tenía consecuencias que no había calculado. Luego tuvo la expresión de alguien a quien eso le parece bien.

Arvik cerró el libro de pasta verde.

—El sesgo horizontal existe desde la versión anterior del sistema — dijo, sin preámbulo. — Lo documenté en la Academia hace dos años. El reporte está en el sistema central de la F.E.E.R con número de registro y todo.

El silencio que siguió tenía una textura particular.

—¿Y nadie lo corrigió? — dijo Krim.

—Nadie lo corrigió — confirmó Arvik.

—¿Por qué?

Arvik lo miró con esa mirada directa y sin pausa previa.

—Porque los reportes sin seguimiento no cambian nada — dijo. — Solo documentan que alguien notó el problema.

Otro silencio.

Katska miró a Arvik durante un momento más de lo necesario. Luego volvió a su taza.

—Mañana — dijo — lo reportamos de nuevo. Con los datos de esta sesión adjuntos. Y con seguimiento.

Arvik no respondió. Pero algo en la forma en que volvió a abrir el libro dijo que había escuchado.

La base Seibom a las veintitrés horas era casi silenciosa.

Casi — porque ninguna base militar lo era del todo, y porque el zumbido de fondo que Katska había catalogado en los primeros días seguía ahí, reducido a su versión mínima pero presente. Motores de guardia en los hangares. Pasos esporádicos en los corredores. El sonido lejano de una comunicación de radio que alguien estaba procesando en el turno nocturno de operaciones.

Katska estaba sentada en el borde de su cama con los pies en el suelo frío y el manual de gramática exquemana — el nivel dos, que había conseguido esa tarde en la biblioteca técnica — abierto sobre las rodillas.

Genitivo. El caso que indica posesión y origen.

En exquemano el genitivo transformaba las palabras de formas que el republicano estándar no tenía equivalente directo — no era solo de sino algo más específico, una relación de pertenencia que incluía contexto sobre cómo se había adquirido esa pertenencia. Una distinción que en republicano requería una frase entera y que en exquemano cabía en un sufijo.

Lo practicó en silencio durante veinte minutos.

Luego cerró el manual y se quedó quieta en la oscuridad del cuarto.

Poco menos de dos semanas para la evaluación de aptitud operativa.

El Sector Norte con tres sistemas en manos imperiales y el contingente del Sector Siete ya moviéndose hacia allá.

Seis pilotos que esa noche habían cenado juntos sin haberlo planeado y que en algún punto de las últimas dos semanas habían dejado de ser seis personas separadas y habían empezado a ser algo que todavía no tenía nombre completo pero que se parecía a una unidad.

Katska miró el techo en la oscuridad.

Todavía no aquí.

Cerró los ojos.